El ascenso social implica el descenso moral. Podría ser este el resumen de La vida de Lazarillo de Tormes, y por lo tanto, podría decirse que el libro continúa gozando de plena vigencia.

Un clásico es quizás el artefacto que mayor parálisis provoca en quienes nos arrogamos la licencia de opinar sobre libros. A lo que Domínguez Caparrós (2009: 120) llamó “relativismo paralizante” (el temor a que ninguna opinión sea verdadera, cosa por lo demás cierta), hay que añadir el temor a que no haya nada para decir sobre un clásico que no se haya dicho ya, o que merezca el trabajo que cuesta decirlo.

La dimensión de obras como La vida de Lazarillo de Tormes, así como la bibliografía crítica que arrastran, no pueden exagerarse; aunque por otra parte y porque son clásicos, perduran, se relacionan por primera vez con cada tiempo nuevo, y cada tiempo nuevo debería de atreverse a mirarlas desde su propio paradigma y a ofrecer consideraciones renovadas.

Sería inoportuno divagar más ni destacar nada de la obra antes de decir que es un libro de los que hacen afición. El Lazarillo es muchas cosas aparte de breve, sencillo y entrenido, pero ya solo por esos tres motivos se trata de una excelente recomendación para cualquiera que desee comenzar a leer.

Como el propio Lázaro advierte al principio, la novela ofrece dos lecturas. Una, la más superficial, divertida y ligera, hará las delicias de cualquier lector. La magistral y fina ironía con la que está contado el relato es verdaderamente fascinante. La otra, dirigida hacia quien esté interesado en la obra de un modo más profundo, se corresponde con un subtexto que ataca ferozmente la articulación social de la época.

Ambas lecturas conjuntadas darían como resultado la sensación de una magnífica novela hoy en día; pero teniendo en cuenta la modernidad y la originalidad que manifestó el libro en su época, estamos sin duda ante una de las grandes obras maestras del arte de todos los tiempos.

Quienquiera que fuese el autor de La vida de Lazarillo de Tormes (acaso fray Juan de Ortega, según  afirmó su contemporáneo fray José de Sigüenza y defendió el gran hispanista Marcel Bataillon), logró con su texto ser el gran precursor de la llamada novela moderna.

La novela moderna, una suerte de “ilusión auténtica de la vida con su complejidad y dimensión humana universal” (Suárez Miramón, 2015: 323) será más tarde conseguida completamente por Cervantes; pero hay importantes aspectos que la caracterizan ya existentes en El Lazarillo. Sobre todo, la madurez narrativa y un personaje principal con relieves y que evoluciona; mucho menos multifacetado que el Quijote, pero que ya enciende una lumbre en ese espacio verosímil donde la literatura nos persuade con una ilusión de realidad.

Es emocionante contemplar la arquitectura argumental del libro, teniendo en cuenta que su autor apenas contaba con referentes previos gracias a los que aprender a narrar su historia como lo hizo. Los hechos avanzan por una línea de causalidad que a un lector actual le parecería de lo más sencilla y asequible; pero si la obra se enmarca dentro de su contexto histórico-estético, conmueve saber que prácticamente no había existido en prosa nada igual hasta entonces. El primer renglón apunta ya hacia el último, comenzando a desvelar la calculada trabazón argumental de la obra. Que cada parte de la historia fuese el efecto de la causa anterior puede resultarnos normal hoy en día, pero significó toda una revolución en el XVI. La historia de Lázaro fue moderna y original principalmente por su concepción orquestal, en varios tratados interdependientes, posibilitadores de una evolución del personaje principal que a su vez sirve al fin mayor de la obra: criticar despiadadamente los contradictorios mecanismos de obtención de honra en la España de su tiempo.

La consideración de persona honrosa en la época del Lazarillo dependía principalmente del dinero y/o de la apariencia. Dos posesiones que no necesariamente van de la mano de lo que en principio entenderíamos como virtud moral católica. De hecho, suelen ir por separado. El dinero acostumbra a traer la avaricia, y la falsa apariencia está indisolublemente ligada a la falsedad. Así, en una sociedad como la del XVI, fuertemente influenciada por la religión, parece verosímil que surja en el ser humano un conflicto entre su creencia en los supuestos valores cristianos (bondad, autenticidad, generosidad, etc.) y los indignos mecanismos de éxito social. Existe de hecho consenso en torno a que el género picaresco nace concretamente ahí, en el epicentro de ese conflicto; aproximadamente en coincidencia, por otra parte, con el erasmismo, movimiento de gran alcance social y que profesaba precisamente una recuperación de la virtud moral y de la auténtica cristiandad.

Haya o no en La vida de Lazarillo de Tormes un subtexto especificamente erasmista, los diferentes exegetas parecen haber dado al menos con unas cuantas teorías sólidas sobre las fuentes de inspiración del libro, y muchas podrían ser válidas sin que varias de ellas se excluyan. En definitiva, es muy probable que la escritura de la obra fuese multiprovocada.

Personalmente, creo que el valor principal del Lazarillo de Tormes es su perdurable capacidad para poner al ser humano frente a sí mismo y frente a la posibilidad de salvarse. De preguntarse: ¿Por qué soy como soy? Y: ¿Hay realmente algo que pueda hacer al respecto?

El autor del Lazarillo de Tormes es heredero del Humanismo y bebe directamente de las fuentes del Renacimiento, puntos de partida a partir de los que el ser humano occidental empodera su individualidad y se ve a sí mismo como algo bello, incluso sensual, digno en su singularidad. La obra pone el grito en el cielo —nunca mejor dicho— por la insoportable contradicción habida en el hecho de que “solo los desheredados de la tierra ejercen, curiosamente, la caridad” (Rey Hazas, 2011:113).

Efectivamente, el Lazarillo de Tormes surge a partir de una dolorosa contradicción entre aquello que el ser humano sabe que puede (y debe) relacionarlo bien con sus iguales, y aquello que por el contrario descubre como el patrón de conducta real, predominante en la sociedad que lo rodea. Un patrón de conducta que retrata a los teóricos portadores y transmisores del bien como a unos ávaros inmoralizantes, destructores de las virtudes naturales de Lázaro.

Si esas virtudes fuesen verdaderamente naturales, entonces malograrlas se trataría de una elección y eso sería un mal menor, porque se podría elegir lo contrario.

La cuestión es: ¿por qué sigue siendo nuestra sociedad esencialmente igual que la de Lázaro, cinco siglos después? Una sociedad que actúa orientada por principios predominantes como la avaricia, el egoísmo o la dominación tanto a nivel macrocósmico como microcósmico; colectivo e individual. ¿Por qué? La respuesta que a bote pronto cualquiera intuiría (: Porque es inevitable que nos autodestruyamos) asusta demasiado; y además es insoportable, salvo que imaginemos a alguien que soporta saber que su ruindad no tiene remedio, y lo conduce junto con la de los demás inexorablemente al abismo. Pero esa en realidad no es la típica persona que nos rodea. La típica persona prefiere huir de esa mala suerte de posible verdad haciéndose más preguntas. Eternas preguntas como por ejemplo: ¿hay algo que podamos hacer para ser mejores de lo que hemos conseguido ser hasta ahora? ¿Qué hay que cada uno de nosotros pueda verdaderamente hacer para que a partir de mañana seamos mejores de lo que hemos sido hasta hoy?

La anteriormente mencionada huida humanística del hombre hacia espacios de autoreivindicación (un hombre visto a sí mismo hasta entonces como un sufridor de la vida), posibilita por primera vez obras de arte de velada protesta como La vida de Lazarillo de Tormes. Un antihéroe de la magnitud de Lázaro, un pordiosero, sustituye a los héroes épicos del pasado para representar las contradicciones del mundo y reivindicar el derecho de cualquiera a ser honroso por ser honrado. Pero más allá de que la rebelión del artista contra un mundo incoherente sea visible a partir de entonces, ciertamente no hay noticias de que en general la sociedad hubiera sido mejor antes, ni desde luego las hay de que sea mucho mejor ahora. El antinobiliarismo y el anticlericalismo del XVI son el anticapitalismo de hoy en día. Lo peor de los peores males del sistema no son los males en sí mismos, sino que quienes los instigan no hayan descendido de una nave espacial venida desde Marte. Que sean humanos, como usted y como yo.

El hombre del Barroco heredará el Renacimiento con muchas de sus excelencias, aunque habiendo despertado del sueño de la existencia de un equilibrio entre la razón y la pulsión, o sea, entre el bien y el mal. Su dolor por la toma de conciencia de esa armonía imposible no ha sido superado aún, y es muy probable que aunque nos gustaría poder decir lo contrario, de momento la vileza esté ganando la lucha entre los dos grandes opuestos. Si finalmente la gana, Lázaro «en la cumbre de toda buena fortuna», mirando hacia otra parte mientras el arcipreste de San Salvador se acuesta con su mujer, solo podrá ser una metáfora de nuestra perdición final.

Cualquiera sabe cuáles son los principios que históricamente han permitido el buen funcionamiento y crecimiento de cualquier relación y de cualquier sociedad. Son los mismos principios que permiten a duras penas —aparte del miedo— que el mundo de hoy goce de un mínimo equilibrio, por lo demás extremadamente frágil y caduco. La vida de Lazarillo de Tormes es una invitación (y un aviso) perenne para que cada uno de nosotros rescate esos principios, los haga propios, los intensifique o los mantenga. En todo caso y si no fuera posible, hay que reconocer que probablemente lo mejor sea huir hacia adelante sin admitirlo.

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