Seleccionar página

La gente del futuro será idiota, pero volveremos a eso dentro de un par de párrafos.

Hace pocos días que terminé de leer «Un mundo feliz», de Aldous Huxley.

La novela, en lo literario, me ha parecido muy accesible; ofrecedora de una experiencia de lectura fácil, y por el interés del argumento, adictiva.

La gente del futuro será idiota, si aciertan muchos autores que así lo han predicho en su sobras, y entre ellos Aldous Huxley. Más o menos a bote pronto surgen un par de preguntas. La primera y más básica, por qué lo predicen; y si hay tanta coincidencia de parte de gente tan despierta (los artistas) en la futura disminución (exógena) de la actividad mental humana, ¿cabría trabajar en su prevención con una línea de pruebas científicas, a la manera de como ya se hace, por ejemplo, con el calentamiento global? Otra pregunta surge a partir de una llamativa circunstancia: uno consume las distopías desde su propio presente, sintiéndose a salvo de la sociedad alienada de la obra mientras conjetura sobre si resultarán ciertos, aunque sólo sea aproximadamente, los augurios del artista. Sin embargo, el presente del consumidor de la obra puede ser el futuro del artista en el momento de la creación de la misma, cosa que de hecho podría decirse de Aldous Huxley con «Un mundo feliz». Así que, ¿somos ya idiotas?

En el año 2013 la revista Edge, dicen que la más inteligente del mundo, preguntó a quienes consideró las mentes contemporáneas más potentes —científicos, tecnólogos, escritores, académicos, etc.—, ‘What should we be worried about’, o sea, “¿Qué deberíamos temer?”.

No hablo inglés.

En respuesta, hubo perlas así:

-Que dejemos de morir. –Kate Jeffery, profesora de neurociencia del comportamiento.

-El aumento del antiintelectualismo y el fin del progreso. –Tim O’Reilly, Director General y fundador de O’Reilly Media.

-Que la tecnología ponga en peligro la democracia. –Haim Harari, físico.

-La amenaza de la idiocracia. –Douglas T. Kenrick, profesor de psicología.

-Lo que más me preocupa es que se están perdiendo cada vez más conexiones formales e informales entre las visiones intelectual, mental y humanista del mundo. –Anton Zeilinger, físico.

-La inevitable intrusión de las fuerzas sociopolíticas en la ciencia. –Nicholas A. Christakis, físico.

-El hecho de que haya tantas personas que escojan vivir de formas que reducen la comunidad del destino a un grupo muy limitado de otros y que definan el resto como una amenaza para su modo de vida y sus valores resulta sumamente preocupante porque esta forma de tribalismo contemporáneo y las ideas que lo sustentan les permite negar interdependencias más complejas y transversales y eludir su propio papel en la creación de amenazas a largo plazo a su propio bienestar y al de los demás. –Margaret Levi, científico político.

-Que en una o dos generaciones, los niños se convertirán en adultos incapaces de distinguir la realidad de su imaginación. –Mihály Csíkszentmihályi, psicólogo.

-El aspecto más preocupante de nuestra sociedad es el bajo índice de sospecha que nos provoca el comportamiento de la gente normal. –Karl Sabbagh, escritor, productor de televisión.

-La homogeneización de la experiencia humana. –Scott Atran, antropólogo.

La virtud más importante (una bomba del virtuosismo) que encontré en «Un mundo feliz», fue que sembrase en mí una duda fuerte, razonada, sobre la deseabilidad de su distopía. Sobre si ese presunto mundo “feliz” que retrata el libro; ese mundo laboratorial en donde las acciones y las emociones están bajo el control súper estricto de una intelectualidad superior, no sería quizás un mundo con más valor positivo que el nuestro.

Hay ocho o diez páginas hacia el final de esta novela —por lo demás magnífica— paradigmáticos y enaltecedores como pocas veces yo he visto, del valor incomparable de la literatura de ficción como elemento agitador, y esclarecedor, de las inquietudes humanas más primarias.

Verdaderamente, “[…] la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Estar satisfecho de todo no posee el encanto que supone mantener una lucha justa contra la infelicidad, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda” (pág. 221). Sin embargo, ¿no sería realmente mejor un mundo en el que la gente tuviera lo que desea y nunca deseara lo que no puede obtener? ¿No es así, finalmente, como todos queremos aprender a vivir? Queremos estar en el mundo a salvo. No temiendo a la muerte, ignorando la vejez. Pero es imposible sin renunciar a la poesía, al peligro, al pecado; al “[…] derecho a envejecer, a volverse feo e impotente, a tener sífilis y cáncer, a pasar hambre, a ser piojoso, a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho en fin, a ser un hombre atormentado” (pág. 238).

El derecho a ser libres.

¿Cuánto vale la libertad? ¿Y cuánto cuesta?

Algo de entre lo poco que yo tengo claro sobre el futuro es que convendría seguir leyendo «Un mundo feliz».

Share This