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“¿Harás que algo tiemble en ellos para mí? —preguntó”.

Evi von Droste-Hülshoff.

El bar olía a morcilla. En un bar puedes encontrar infinidad de tipos de fritanga y olores indistintos, pero ese olor tan característico es inconfundible; a sangre de cerdo y a manteca y cebolla, tan denso que casi cuaja el aire.

Pedí café a la barra. El dueño era calvo y joven y miraba a los ojos igual que un león cuando detecta a una hiena. Una vez oí algo como que si alguien tiene cara de hijoputa, es un hijoputa. Miradas como la de aquel tipo hacían pensar que probablemente fuese cierto.

Al fondo, pero el bar no era más grande que una lata de berberechos, había un sesentón con una larga y boscosa barba cana que también era calvo. Yo también era calvo en aquella época. No significa que ahora no lo sea. Ahora soy más calvo que Yul Brynner. El barbudo parecía un mendigo. Vestía como un mendigo, pero no parecía un mendigo porque vistiese como ellos. Yo podría usar andrajos y no dirías que soy mendigo. Dirías vete ahora mismo a comprar ropa. O sea, no creerías que pido limosna porque la limosna es para comer, no para vestir. Un mendigo es un todo. Parece llevar lustros con la cadera clavada al callo del pavimento, pero este en realidad tampoco era así. Este era una especie de nouveau mendiant. Algo como estar de pie y caer de bruces repentinamente, a plomo. Bum. Algo como en las películas, cuando hay un pez gordo dirigiendo una cadena televisiva desde la última planta de un rascacielos junto a Times Square, y lo despiden. ¿No? Y el señor Cross de turno aparece en la siguiente escena en la puta calle, con una caja dentro de la que están sus cosas y de la que suele sobresalir la taza de café, o la fotografía enmarcada donde aparece con su hija y su mujer, quien por supuesto va a pedir el divorcio. Transcurren pocas escenas, pero los pantalones ya aparecen estropeados. Los zapatos de mil dólares no han aguantado la intemperie desapacible de la Gran Manzana, y un coche a toda mecha atraviesa un charco y levanta una cortina de agua que empapa hasta el tuétano del señor Cross. Así era el tipo barbudo. Como una mole que encaja una buena hostia y va a la lona por la vía del cloroformo.

—Hoy le dan por culo a la dieta —el dueño se dirigió al barbudo. Yo no oí que el barbudo respondiera, aunque en aquella época ya era medio sordo. Hoy en día no he mejorado. Casi estoy ya más sordo que una paré. El caso es que el dueño siguió—. Me voy a hacer un blanco y negro que se va a cagar la perra.

Entonces sí oí que el barbudo reía. Me volví para mirarlo. Leía el diario. Creí (y lógicamente pudo ser un infundio) que había reído como quien lo hace sin dejar de mirar lo que tiene delante, sobre todo si es un diario: lo desatiende por un instante, pero ni siquiera mueve la cabeza. Aún tenía pintada una sonrisa. El otoño era ya bien entrado y sus gastadas sandalias desafinaban, aunque tal vez no en aquel momento. Un momento cálido. La morcilla, recién caída sobre la plancha, reapretujó aún más el aire; el calor del fogón entibió aquel ambiente diminuto donde sólo estábamos nosotros tres. Tres pobres trastos, en realidad, formando una familia que disolveríamos pronto, pero que en aquel momento fue tan de verdad como la sonrisa del barbudo, que pareció no ir a acabarse nunca.

Iván Alarcón Tortajada®, 2014.

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