Seleccionar página

“En el centro de la mesa sudaba una jarra de agua”. 

Eloy Tizón. «Técnicas de iluminación».

Para cualquier escritor, uno de los mejores beneficios de leer es saquear. Por ejemplo, a Eloy Tizón cuando escribe “el pelo le clareaba hasta convertirse en vapor de pelo”.

He leído «Técnicas de iluminación». Editorial Páginas de Espuma. Colección Voces / Literatura. Unos 15 euros en tapa blanda. Primer contacto con este autor que muchos guardan en su joyero.

Mi conocimiento de la existencia de Tizón fue a través de una entrevista que Fuentetaja Literaria incluye entre el material teórico de su taller estrella («Escritura creativa»). Sé que la entrevista me gustó, aunque no la recuerdo. Uno a veces no recuerda entrevistas o el nombre de la chica que le gusta, 1 minuto después de que ella le haya dicho en la discoteca cómo se llama. No significa nada. El caso es que de alguna manera a partir de ahí me fueron llegando, como llovidos, más trozos de información sobre el autor. Y al final pasa lo que pasa: que robas te compras un libro.

Tizón impresiona desde el principio. Es de una sensibilidad tal que uno lo imagina transparente, acuoso, capaz de amoldarse, tanto, a todo como para casi convertirse en algo de su misma naturaleza, como el T1000. Y esto, claro, le da una capacidad de revisionar el mundo, de resignificarlo, impactante.

“Uno camina y camina […] Se empapa con la lluvia y se seca con la luz”.

El tono del texto es casi siempre así. Sabe a ingravidez, a fosforescencia.

Sus relatos son otra cosa. La importancia de lo que pasa es menor que la importancia de cómo el protagonista lo ve —esto genera problemas que veremos más tarde—. Son claramente los ojos de Tizón, y esto deja una sensación —generalmente en literatura poco interesante— de que todos los fuegos el fuego. De que casi todos los protagonistas Tizón. Pero de esto uno se da cuenta después, cuando ya ha cerrado el libro y está escribiendo una reseña, porque mientras lee, la danza es tan embrujadora que sólo cabe leer.

“La calle se bifurcó, se contrajo, se dislocó un codo”.

Al final leer va de muchas cosas, que tienen que ver en parte con la vanidad, y en parte con la filantropía y con no sé qué más; como escribir crítica o ser un puto nerd aunque sólo sea por ser algo. Pero no hay que olvidar que leer va fundamentalmente de leer; nada más que del acto desnudo de disfrutar leyendo, algo que existe exclusivamente entre las fronteras que marcan la apertura y el cierre del libro. En este sentido, la literatura de Tizón te mete, sin que ni siquiera te des cuenta de que ya ha comenzado a pasar, en ese territorio de despreocupación por lo demás.

Otro rasgo característico de esta obra, descuidado por casi todos los escritores novatos y por muchos que no lo son, es su multisensorialidad. Tizón no sólo se ve y se oye —sentidos a los que más apela generalmente la literatura, incluyendo mucha de la buena—, sino que también se huele, se saborea, se toca.

“Abrazarla en el cobertizo era igual que amasar harina”.

La prosa de Tizón es rica, deslizante, llena de imágenes, sabe a sueño, está envuelta en magia, y a menudo cargada con un lirismo extraordinario.

“El sol daba en su pelo. Era de noche y el sol daba en su pelo. Ella llevaba puesta una gorra y el sol daba en su pelo”.

“Barrios de rascacielos como pozos inventados, hundiéndose hacia el cielo”.

“Las estrellas, entretanto, siguen siendo un jeroglífico: uno se asoma a esa vertiginosa instalación eléctrica, a ese Palacio de Versalles galáctico mientras por dentro siente, siente, cualquiera sabe qué siente uno”.

La prosa es policromática, pero al mismo tiempo da la sensación de que está muy bien cuadrada, de que es firme, elegante; de que encaja igual que si fueran notas vivas en una partitura: danzantes, bellas, multiformes, pero disciplinadas. No como cuando la retórica termina evocando circulitos con el dedo, o como cuando yo me pongo pesado. O por decirlo igual que lo escribió Bolaño: “Siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos”. Con todo, hay que decir también que a veces Tizón se pasa con la sofistería, en tanto que bajo mi punto de vista a veces —casi siempre— hay que mover la acción de manera que cuando te laves el pelo, digas “me lavé el pelo”, en lugar de “No sé por qué, pero me alegré de haberme lavado el pelo esa mañana al ducharme”.

Hay notas de inspiración descorchada que lo dejan a uno realmente boquiabierto:

“El secreto del agua es tener sed y no poder aplacarla”.

“Caemos hacia lo alto. Todo es presente. No tenemos ningún futuro al que volver”.

Las apelaciones a los sentidos son siempre muy alcanzables, muy universales, aparte de muy bellas, lo cual dispara el público potencial del libro a la categoría no de ‘Todos los públicos’, sino de ‘Por favor, todos los públicos’:

“Olor a establo”.

“Voz arcillosa”.

Muchas veces en el libro está la idea de ‘Si yo supiera lo que ahora sé’, en relación con el pasado irrecuperable. Montones de páginas están bañadas en nostalgia. La humillación de hacerse viejo. Es un poco como ver ahora «Historias del Kronen». Un recuerdo a verano inolvidable, tan dulce pero también tan amargo, porque ya no volverá. No, mucha gente no va a volver a follar en el asiento de atrás. Pero yo sí.

“Yo era joven, temerosa, nostálgica del tiempo ido. Aún tenía mucho pasado por delante”.

Bajo mi punto de vista, el principal problema de Tizón, como mínimo en «Técnicas de iluminación», es la trama, para mi gusto insulsa, de la mayoría de sus cuentos. Esto en realidad —ahora que lo pienso— es muy bueno porque da la medida del prodigio de su capacidad expresiva. O sea, que sientes que vale mucho la pena leerlo incluso aunque el argumento no te interese. Pero ay, amigo, el argumento sigue sin interesarte, y eso ¿sólo puede ser un problema?. Ha habido cuentos enteros como «Volver a Oz» que me han sido profundamente indiferentes; y además creo que a veces hay problemas de verosimilitud graves, como en la secuencia de «Ciudad dormitorio» donde alguien trata de persuadir a la protagonista de que acepte algo. La manera en que Tizón construye esa situación es de todo menos creíble, y yo creo que una manifestación de sus limitaciones (al menos en este libro) a la hora de construir escenarios al nivel de las normas de credibilidad de cada universo ficcional. Con todo, no vamos a decir que Tizón es manco. Hay cuentos sobresalientes, que aparte de interesantes suenan a la verdad revelada sobre una parte de la vida, como «Manchas solares» (“Crees que conoces a alguien, te parece que sí, estás bastante seguro, no del todo aunque sí lo suficiente, pero un día el espejismo se acaba, la ilusión se hace trizas y tú te ves mirando la manga flácida de una camisa pillada por la puerta corredera del armario”). Está también «La calidad del aire», un buen cuento extraño y perturbador; y «El cielo en casa» nos está diciendo, de la manera más misteriosa y penetradora, belive in your heART. De cualquier manera, para mí este libro es un medio ensayo. Para mí Tizón más que un escritor, es un descriptor. Más que tramas, cuenta el mundo:

“mientras mi biografía actual está hecha a partes iguales de trenes nocturnos, lluvia de pedrazas, cazadores en los parques y ciervos pastando entre las estrellas, los andenes rebosan de una humanidad comprimida. La megafonía discute consigo misma, un ángel anuncia una marca de queso para untar”.

O en conclusión, que la literatura de Tizón es refundacional: es literatura de la que verdaderamente entrega el mundo con otra forma al lector, o dicho de otra manera, que la literatura de Tizón es un milagro. El cerebro de Tizón —o el corazón, para los creyentes— es una ciudad de prodigios. Una ciudad filtrada por sus ojos de artista puro, cuando pasa por ellos esa misma realidad cotidiana que es aburrida para casi todos los demás. Esa misma realidad cotidana en la que las piernas no “van volviéndose de mimbre”, la misma realidad donde no “respiro serrín”, donde la calle no es más que la calle, y no “una piscina de árboles”. Las carencias de Tizón a la hora de construir tramas de gran tonelaje —porque algo distinto no siempre es algo interesante— no desaconsejan de ninguna manera la lectura de este autor, único en cuanto que realmente original, diferente. Un escritor que además no sólo permite ver las cosas de otra forma,  no sólo nos entrega a la vieja como “una anciana leñosa, como hecha toda ella de arpillera y varillas de paraguas”, sino que nos pone en contacto con nuestra entraña más sensible. La que vibra cuando nos sentimos tan vivos como para creer que el resto del tiempo no lo estamos, en realidad. Tizón traduce el trascendentalismo difícil, lo escribe en clave de carne cortada a trocitos pequeños, y hasta logra que la metafísica manida vuelva a ser atractiva. Logra que volvamos a creer  que será bello cuando hablemos otra vez de que soñábamos que estábamos soñando.

“Todos tenemos dudas, todos tenemos miedo, todos estamos muy solos”.

“Con el tiempo, con el roce de los días y las muertes, todo se irá puliendo”.

“Y, un día, tarde o temprano, todos morimos. Y nuestros huesos se mezclarán unos con otros, hasta confundirse en una pasta común, cuando nos coma la tierra. Pero entonces qué sentido tiene sufrir tanto y hacer sufrir a los demás y no ser felices pudiendo serlo y todo eso”.

“De estas sutiles traiciones está hecha la convivencia, y la vida de pareja, nada grave, pero que va intoxicando poco a poco la confianza, acentuando las diferencias, comiéndose el oxígeno de los cuartos”.

Sus frases, que a veces suenan a materia delicada y a veces a oración de roquero muerto a los 27, siempre dicen las cosas para que de verdad las entienda cualquiera. Es el sueño hecho realidad de poner palabras a aquello que iba a quedarse para siempre en la punta de la lengua, porque sólo alcanzábamos a sentirlo, porque sabíamos qué era pero no sabíamos cómo se decía.

“chasquear la lengua”.

“un huevo. Un huevo blanco, tan perfecto, casi la idea de un huevo”.

“Perderse es una disciplina para la que se necesita valor y algo de entrenamiento […] Los olores de las calles son diferentes, no me reconozco en ellos. Nada me suena aquí […] ¿Dónde estoy? […] Compruebo con desagrado cómo, al detenerme en una esquina, siquiera escasos segundos, me siento menos perdido, más integrado en la corriente que me rodea. Formo parte de algo. Sin yo pretenderlo, todo se ordena en una secuencia coherente y el rojo de los árboles hace guiños al ojo irritado del semáforo que a su vez se compagina a la perfección con una nube que se sofoca en un cielo color sexo. A poco que uno observe algo con cierta demora, ese algo se convierte de inmediato en una coreografía”.

Share This