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Me alcanzó un olor a bar en cuanto salí a la calle. Uno que otro día hubiera sido a refrito, a ropa empapada en ese tufo a tempura, a aceite pardo; pero que esa mañana me recordó a amigos que ríen, a la luz de las diez, a aceitunas, el rico aroma semiespeso y tibio de unas bravas recién servidas, el humo de lo que aún quema, habas, pan blanco, olor a miga, sol, sonreír por nada.

De camino a la estación vi a aquel tipo a quien siempre reconocía a una legua por su sombrero. Nunca lo encontré sin él. A sus ochenta y pico años era más dandy que dandy. Desde la acera opuesta giró el rostro para verme, igual que si me hubiera intuido, y entonces el sol encendió su cutis rosado. Con la otra mano sostenía el cigarro, caminando flamenco, chulapo, posiblemente en dirección a la cafetería donde solíamos coincidir. Pediría un chato de vino y un pincho de lo que fuese. Güeña o anchoas, que en aquel sitio eran de Santoña pero de las de verdad. Yo también le levanté el brazo, y de camino al tren vi geranios. Bancos sin nadie, graffitis, palmeras. A un niño y a su madre. Edificios policromáticos, naranjas, lilas, que se recortaban contra el cielo formando una línea dentada. A un negro. Escaparates con fruta, pan. La base del tronco de un árbol talado. Palmeras. Un cielo que parecía nuevo.

Entré a la estación y saqué el tique en la máquina de autoventa. Frente a la validadora de billetes, mientras se tragaba el mío antes de permitirme pasar, me sentí como un cerdo que ve el resplandor en el filo del cuchillo que está a punto de degollarlo.

El andén estaba abarrotado. Aún así busqué un espacio tan holgado como para sentirme a solas. A mi izquierda, los miembros de un multitudinario grupo de tres o cuatro jóvenes familias —dentro del que no parecía haber nadie mayor de 35— chillaban como monos saltando entre lianas. Más a la izquierda, algunas parejas sueltas e individuos cuyos rostros olvidaría pronto, vagaban como boyas pendulantes, como formas que a aquella distancia para mí eran prácticamente espectrales. Detrás de donde yo estaba, sentada en un banco, bajo un reloj de agujas kitsch, había una pareja, una pareja de treintañeros con cara de todo menos de querer ser la pareja de alguien; y en otro banco a mi derecha dos abuelas charlaban gozosas. Súbitamente, junto con el sonido del tren llegando —ese chirriante sonido metálico y rebotado que es como la antesala de un secreto descubierto— me asaltó una calma implacable. Y con ella un sentimiento de pertenencia a la familia formada por quienes aguardábamos allí. Fue igual que si los encontrase tras naufragar en un planeta lejano. La dicha tranquilizadora de redescubrir que alguien es como tú, o más: la inequivocación de sentir que con-formas la misma totalidad, una única cosa.

La locomotora finalmente comenzó a asomar en la curva de raíles que precedía a la estación.

Pulsé el botón verde y abrí. Entré y vi que todos los asientos estaban ocupados. Permanecí junto a la puerta en mitad de un grupo con varias personas —aparte de quienes recién entrábamos—, agarrado a una de las barras superiores que atraviesan transversalmente el vagón.

Frente a mí, sobre las rodillas de una mujer, había sentada una niña atezada, que a sus siete u ocho años ya era obesa. La mujer, en teoría su madre pero quien al contrario que la niña era pálida como la cal, rascaba cariñosamente su espalda, en una caricia interminable, de arriba abajo. Los mimos dejaban al descubierto media espalda y el michelín tostado de la pequeña, quien se agarraba al cuello de la mujer con cara de amodorramiento.

Vi que un tipo sentado cerca tenía la curva que hay bajo el entrecejo, arriba del tabique nasal, muy hundida hacia dentro, creando un pliegue acusadísimo, igual que si le hubieran pegado un hachazo que sin embargo no hubiera pasado de allí. Mientras imaginaba el hacha, y a un atacante sin rostro, como si verdaderamente a aquel tipo le hubiese ocurrido aquello, comencé a darme cuenta de que en torno a mí había un aroma muy corpóreo, sólido pero nada pesado a vainilla. Hice una inspiración corta y rápida para ubicar su origen, descubriendo que me atacaba desde detrás. Mientras giraba el cuello volví a inhalar y encontré una nota inconfundible de jazmín. Acaso también de rosas, nenúfar. Un regusto de mandarina.

La chica de la que provenía toda aquella partitura estaba también de pie, junto a la puerta, justo detrás de mí, atendiendo a su smartphone; agarrada con la otra mano a una de las barras verticales que nacían desde la misma a la que yo me cogía, y que morían atornilladas al suelo. Mediante aquel primer vistazo disimulado mis ojos sólo alcanzaron a esbozarla, de perfil, su estatura media, una melena negra tapándole el rostro y un suéter blanco que resplandecía.

Intenté recordarla entre la gente que esperaba en el mismo andén donde yo había esperado también, pero no aparecía en aquel recuerdo, así que sin duda había subido en una parada anterior.

Volví a girar el cuello para mirar de nuevo al frente, todavía con el brazo derecho sujeto a la barra transversal. Vi de nuevo a la chiquilla obesa, al tipo del hachazo. Vi a un anciano que leía un libro de Manuel Vicent, sentado, e imaginé que treinta años después aquel lector anciano podría ser yo.

Cambié el brazo de sujeción tras dar la vuelta ciento ochenta grados, para que la chica quedase justo frente a mí, apenas a un metro de distancia. Olfateé entonces sin impedimentos, enorgulleciendo el pecho, otro de aquellos soplos de aire avainillado, con la composición floral aún más llena de matices que al principio. Un recuerdo alimonado de melocotón.

Su melena crespa y poderosa era del mismo color negro, impenetrable y misterioso, de las guaridas de lobos. Llevaba el suéter arromangado, y el blanco de la tela parecía encendido porque contrastaba con su piel acanelada. Todo su contorno era sencillamente vital. Las líneas que la recortaban contra el fondo del vagón parecían responder a una ordenanza de puro sentido; la iban trazando como sobre un molde invisible de conocimiento. Sólo había que soltar la mirada, desintervenirla, y entregarla a un salto de fe, a una inercia vírgen, intuitiva, desprovista incluso de gusto, para que aquella chica fuese apareciendo, lineada poco a poco, sin errores, desde el fondo del mundo, oliendo a vainilla y a fresias y a madreselvas.

—Disculpa —dije.

Desatendió el teléfono para atenderme a mí, revelando el misterio de su cara, y allí encontré a alguien mayor que yo, aunque no tanto. Imaginé que tendría treinta y muchos, pero era la mujer más espléndida que has visto nunca. De un aspecto rubicundo y fuerte que comunicaba, sencillamente, vida. Los ojos azulverdosos eran de los que arponean el vientre, y la boca era un dibujo de carnalidad. No dijo nada.

—Hueles muy bien —dije yo.

Sonrió, lo que fue como encender un sol entero en un insignificante vagón de tren. —Gracias —dijo después. Su voz me sonó abrigadora, grave. Me sonó a tierra fértil. Una voz con fondo, como con raíces fuertes. En seguida sus mejillas se avergonzaron, pero no dejó de sonreír.

—Por cierto, yo soy Izan —dije.

—Yo Sonia —respondió, y sentí como si la conociera desde siempre. Era sólo que había estado allí detrás.

Iván Alarcón Tortajada®, 2014.

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