Hace poco un amigo me pasó un libro bastante extenso titulado «Seductor Egoland», de Luis Tejedor. Se puede comprar en cualquier parte, incluyendo la web del autor, por unos 25 palos. Yo ya había tenido en mis manos, muchos años antes, un libro así de gordo sobre seducción; en concreto «Sex Code» (bestseller), de Mario Luna, que sinceramente se me había caído de las manos. Y eso que el libro no era malo, y se trataba de algo muy novedoso porque incluso la materia en sí misma sobre la que hablaba era inédita.

En España, la edad de la inocencia de la seducción metodizada surge en 2007, precisamente tras la publicación de «Sex Code», el primer manual de seducción heterosexual para hombres en español, que bebe de las fuentes —el autor así lo admite, o sea que no roba ni plagia— de quienes poco antes habían inventado y estructurado, en Estados Unidos, los seudoprincipios y las seudoleyes con los que seducir a una mujer.

A la mayoría de los tíos nos curiosea(ría) algo cuya finalidad sea lograr que seduzcamos más. Nos encanta seducir —que es como decir que nos encanta follar pero no incluye sólo eso— y nos encanta imaginar que alguien va a decirnos cómo. Pero lógicamente la cosa traía trampa. No nos vamos a poner aquí a profundizar en la idea de caos, pero no hace falta ser un genio para saber, o al menos para intuir, que una mujer representa un sistema de una complejidad muy ignorada. Si hay un orden oculto en el comportamiento de alguien en una situación dada, no lo conocemos, y a esa imprevisibilidad —en esa y en cualquier otra área— la llamamos caos. Una persona, una mujer, aparte de ser literalmente única (como la situación concreta en la que se la aborda y todos los elementos que la afectan), es caótica, impredecible. Pero cuidado, porque el hombre (el “seductor”) por descontado también lo es. A partir de ahí, obviamente el hecho de que se elevase la seducción a categoría de método basado en relaciones de causalidad constantes, fue pura mercadotecnia.

Cosa aparte es que hubiera algunos aspectos de todo ese subuniverso que estuvieran bien. Sobre todo que se promoviera en el “alumno” la acción, esto es, que se lo agitase para que intentara ligar con mujeres, como parte de un proceso de superación de una aprensión (a manifestar interés sexual en ellas) que en los hombres suele ser bastante común. Esto, por descontado, no lo habían inventado los metodólogos norteamericanos. Es más viejo que el cagar y se llama «miedo»; y en psicología científica se aborda a través de diferentes métodos cuya eficacia está basada en evidencia, como por ejemplo la terapia cognitivo-conductual. Lo que se hizo en el plano de la seducción —no sé si de manera consciente o inconsciente pero desde luego sí eficiente— fue un gran trabajo eufemístico, basado en la desensibilización sistemática pero a través de un método no-clínico, yo creo que por lo demás bastante lleno de buenas intenciones. Entre ellas incluyo la que ha sido más comúnmente criticada, y que es ganar dinero con ello. No seré yo quien opine que es mala intención ganar dinero con un producto en cuya eficacia creo honestamente —a pesar de que pueda estar equivocado—, aunque el trasfondo sea el auxilio o el socorro. Ayudar no tiene por qué ser ayudar altruistamente, ni una ayuda que no sea desinteresada tiene por qué ser mala. Sin ir más lejos, la psicología puede ser en muchos casos una profesión vocacional, fundamentada en el deseo de ayudar a los demás, pero eso no significa que el psicólogo tenga que pasar consulta gratis. En este país, además, continúa bien enraizada una antipatía no sé si muy bien explicable hacia la voluntad de beneficiarse económicamente del propio emprendimiento (riesgo), como si querer ganar dinero, per sé, fuera malo. Pero esa es otra historia.

El microcosmos reservado a la seducción en español, al menos en el plano bibliográfico e incluyendo contenido escrito en Internet, a partir de la publicación de «Sex Code» fue creciendo y saturándose y a partir de un punto, de manera gradual, perdiendo calidad y desde luego novedad. Tampoco es que hubiera mucho nuevo de qué hablar, en realidad, lo cual no signfica que no se pudiera hablar mucho de lo poco que había. Y eso fue lo que al parecer unos cuantos, subidos posteriormente al carro, hicieron. Cualquiera supondrá que esto es común siempre que surge una importante oportunidad de mercado muy poco o nada cubierta hasta el momento; y por otra parte todo el mundo tiene el derecho de intentar aporovechar su oportunidad, siempre que lo haga con honradez.

Llegamos finalmente a «Seductor Egoland», de Luis Tejedor (psicólogo por la Universidad de Valencia), obra paradójicamente publicada hacia la última época —2011—, pero que me ha parecido un gran libro. Un libro muy literario, multiestilístico, muy inteligente, maravillosamente bien construido y escrito, súper pensado; que es principalmente un ensayo pero que incluye relato (narración autorreferencial), autobiografía, poliautoría, ilustración, intertextualidad y sobre todo un gran lirismo, que no quiere pero tampoco puede evitar destilar Luis Tejedor. Un tipo sensible, muy leído, honesto, afectuoso, claro, y desde luego juerguista y un poquito caradura; esto está más claro que el agua. El libro de hecho es extremadamente juerguista (o como diría el propio autor, mandanguero) pero el lector no escapará nunca de una paralela y tranquilizadora sensación de rigor, porque la obra se pretende construir desde la primera página hasta la última sobre la base de la psicología científica. Para mí es el matiz determinante y distintivo de esta obra dentro de su temática, porque no hablamos de prácticas terapéuticas basadas en la arbitrariedad —lo que no excluye que puedan ser bienintencionadas y autodemostrativas—, sino de una ciencia con métodos de eficacia demostrada.

El libro parte de una premisa importante e interesante; también distintiva: la evolución en términos sociales, o heterosociales, no es un tren detenido que encierre las conductas que nos vayan a caracterizar inevitablemente hasta el fin de los tiempos. Es una cosa viva, latente, que continúa transformándose en este mismo instante. La historia avanza, e igual que nuestros comportamientos o estructuras sociales cambiaron a partir de cuando, por ejemplo, dejamos de ser cazadores-recolectores para ser agricultores; cambiaron a partir de la era posindustrial, y desde luego han ido cambiando conforme avanzaba la emancipación femenina en planos tan importantes como digamos el legal, el profesional, el económico o el educacional. Una mujer hoy en día, en occidente —que es el contexto dentro del que se enmarca el libro— no necesita a un hombre para que le dé status, buenos genes y protección y asistencia más de lo que un hombre la necesita a ella para lo mismo. Es decir, potencialmente nada. Cero. Las mujeres ya ni siquiera necesitan una pareja sexual para quedar embarazadas. Lógicamente, no han desaparecido comportamientos púramente instintivos y científicamente demostrados como la mayor proclividad hacia el sexo en periodo de ovulación; o el gusto por la simetría, la fuerza física, la voz grave, la estabilidad económica —a ellas les gusta en un hombre pero a nosotros también nos gusta en una mujer—, etc. Ahora bien, creer que las mujeres eligen pareja sexual o sentimental hoy, en Europa, en España, de una manera prácticamente igual a la que usaban en las cavernas, jugándolo todo a la carta de la psicología evolucionista, parece erróneo.

A partir de la matriz expuesta en el párrafo anterior, la obra crece como una defensa de valores de referencia básicos como la diversión, el respeto, el autoconocimiento, la amplitud de miras, el análisis y la observación, la sensibilidad, la inteligencia, la comunicación y sobre todo la resiliencia y la honestidad. Su propuesta básica es: diviértete autoaceptándote pero sin conformismo, ampliándote verdaderamente a través del desarrollo de elementos con auténtico tonelaje emocional e intelectual: humor, asertividad, autoenfrentamiento, autocultivación, carisma, herramientas de comunicación eficaz, etc. Y sobre todo no quieras parecer John Wayne salvo que seas en realidad John Wayne. Comunica siempre aquello que sinceramente sientas, persiguiendo que tu manera de actuar refleje con la máxima precisión posible la verdadera imagen de ti mismo. No la de Pollasaurio o la de Femme Fatal. Y es que Tejedor cuenta tanto con ella —me consta que muchas mujeres son clientes de Egoland Seducción—, que para él esa mujer novedosa, moderna, autosuficiente, en todo momento cambiante e impredecible no es el objeto de la seducción, sino que es también el seductor, el elemento seductor, en pie de igualdad con el hombre.

«Seductor Egoland», antes incluso que un libro sobre relaciones heterosociales o sociales, es sobre todo una sinfonía donde la voz de Luis Tejedor se une a la del resto de sus colaboradores —entre quienes se incluyen mujeres— para hacer sonar una afinada y bella manera de entender el mundo y de estar en él.

“La práctica cambia la huella de la naturaleza”.

«Hamlet». William Shakespeare. 

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