Alfonso García, a quien llamaré en adelante AG, me envió un cuento. «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison.

El cuento es un puñal. Es atrayente, evasivo, turbador, adictivo. Un cuento de miedo, célebre  —su autor también—; o de ciencia ficción, o de ambas cosas.

Me preguntó AG, después de leído: esto o lo otro. No crees si tal. Por qué X y no Y. Te parece a ti que el autor aquello.

Ni idea.

Sí puedo aportar:

Cuando en una ocasión, Soler Serrano, le preguntó a Cortázar si su cuento, «Casa tomada», era una alegoría del peronismo, él respondió:

«[…] Fue quizás la primera vez en que yo descubrí una cosa que es muy bella en el fondo y que es la posibilidad de la múltiple lectura de un texto. O sea descubrir que hay lectores que te siguen como escritor, que se interesan por lo que tú haces, y que al mismo tiempo están leyendo tus cuentos o tus novelas desde una perspectiva totalmente diferente de la mía en el momento de escribirlas. Y que tienen una segunda o una tercera interpretación. […] Mi interpretación de ese cuento te la puedo decir […] Yo soñé ese cuento […] Inmediatamente me fui a la máquina de escribir y escribí el cuento de una sentada. O sea que esa es mi lectura del cuento. Ahora, esa interpretación de que quizá yo estaba traduciendo mi reacción como argentino frente a lo que sucedía en la política no se puede excluir, porque es perfectamente posible que yo haya tenido esa sensación que en la pesadilla se tradujo de una manera fantástica, de una manera simbólica […] A mí me parece válido como posible explicación. No es la mía, en todo caso […]».

Pues eso.

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