Comencé ilusionado a leer «La virgen de los sicarios», pero se me ha caído muy pronto de las manos.

¿Ilusionado por qué? Porque había leído «El desbarrancadero» —el único libro suyo que había leído—, y me había gustado muchísimo.

Supongo que buscaba algo parecido cuando saqué de la biblioteca «La virgen de los sicarios». Me ha pasado con otros autores —pero no con muchos; con Bolaño sí, por ejemplo, o con García Márquez—, eso de ir a por otro libro suyo queriendo meterme una dosis de la misma esencia con la que me había narcotizado antes. Cabe aquí mencionar que «El desbarrancadero» es posterior a «La virgen de los sicarios», pero para el caso es lo mismo. Con Vallejo a la segunda he tenido un ‘bad trip’:

La sorpresa del estilo —muy original en Vallejo; son como puñaladas— ya no existió, y lo demás comenzó a parecerme pronto tan pesadamente igual a lo que había leído en su otra novela, que no me apeteció volver a consumirlo. Y eso que la novela es brevísima.

Inciso: está bien esto de haber llegado por fin al punto en que ya puedes tirar un libro a la mierda sin haberlo terminado de leer.

La manera con la que Vallejo expresa aquí su visceralidad es idéntica a la forma con la que yo había leído que ponía palabras a sus entrañas en «El desbarrancadero». Y he descubierto, tan temprana como inesperadamente, que por lo que a mí respecta una y no más, Santo Tomás.

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