Estos días he leído un finísimo ensayo —finísimo en cuanto que breve— titulado «La sociedad del cansancio», de Byung-Chul Han. Herder Editorial. Colección «Pensamiento Herder». Unos 12 palos en tapa blanda. Que por cierto, he descubierto hoy que de esta editorial tengo otro libro esperándome en algún estante; «El hombre en busca de sentido», de Viktor Frankl. (Puede intuirse claramente que con una mano escribo y con la otra introduzco en mi boca el cañón del revólver).

Posiblemente —que no probablemente—, a casi 0,20 cts. la página, leyéndolo tendría que haber experimentado más orgasmos literarios (o ensayísticos), haciendo expresión que bebe de las fuentes de aquella de Zerolo —inolvidable para mí, pero sólo la versión leída en Libertad Digital — con sus orgasmos democráticos o democraticozapateriles.

La verdad es que lo mejor me parece que es tener un orgasmo de los de verdad, sin sentidos figurados, y dejarse de tanto pensar y de tanto leer y de tanto escribir, que son ingredientes de base para el gatillazo.

De cualquier manera, hoy en día uno paga los céntimos por página que hagan falta si la expectativa es que le expliquen una parte del mundo que cree no comprender bien.

Probable error 1Creer que hay partes del mundo que sí comprende bien.

 Probable error 2Creer que el mundo hay que comprenderlo completamente. (Porque para comprender que la cosa va un poco de comer y de follar y de valores básicos para el bien común nadie compra un libro) .

El ensayo por una parte —es más, sobre todo en su primera parte; «La violencia neuronal»— me ha parecido difícil. No comprendo tanta pollez de los filósofos —casi seguro que porque en este sentido soy un ignorante, y lo digo en serio— con decir las cosas tipo así:

“Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad […] no son infecciones, son infartos ocasionados no por la negatividad de lo otro inmunológico, sino por un exceso de positividad. De este modo, se sutraen de cualquier técnica inmunológica destinada a repeler la negatividad de lo extraño”.

Y esto es en la primera página, con lo que el riesgo de quema del libro en general es claramente alto.

A-) Si es por usar un registro del lenguaje —supongo que en parte a cambio de vanidad— que el imaginario colectivo tiene metido en el saco de lo coñazo y de lo infumable, no lo comprendo pudiendo elegir universalizar más la forma del mensaje. Aparte, refuerza esa idea —que le hace un flaco favor al filósofo/a— de la filosofía como algo complicadísimo y a cuyo entendimiento sólo pueden acceder los academicistas (o cualquiera pero sólo a través de ellos). B-) Si es porque el mensaje sólo admite el vehículo del texto academicista —lo dudo—, y tienen que existir profesoras de Byung-Chul Han que luego echen de casa a su marido por olvidar las llaves dentro; o C-) si es porque sencillamente el autor escribe como le sale de los cojones, entonces me callo.

Adentrándonos por fin en el ideario del libro, me gustó la idea planteada de sensación de enemistad hacia alguien sólo por su otredad. El autor la despacha como algo ajeno a nuestro tiempo, porque según él la globalización, la disolución de fronteras, es incompatible con ese sentir. Pero yo creo que es un sentir bastante generalizado, en tanto que la globalización es mucho más mercantil que humana, y que la sociedad de hoy, individualista, alimenta ese sentimiento de extrañeza hacia todo lo que no sentimos como propio (que es casi todo).

También me ha parecido interesante, y atractiva, la imagen de totalidad expresada por Han para el caso de que no existiera ninguna frontera:

“El mundo […] tiene una topología particular. Está marcado por límites, cruces y umbrales, por vallas, zanjas y muros. Estos impiden el proceso de cambio e intercambio universal”.

La obra aborda la cuestión del surgimiento masivo de enfermedades mentales a partir de un punto del siglo XX. ¿Por qué sucede esto? Según Han, porque la sociedad moderna abandona el conflicto de lo propio hacia lo extraño (hacia lo otro), y en una tesitura de globalización (unificación) el yo se sobrecalienta, se satura de “sobreabundancia de de lo idéntico” (p. 23).

Estaría de acuerdo con que durante la segunda mitad del siglo XX, al mismo tiempo que el capitalismo moderno va generalizándose y surgen los estados de bienestar, también se dispara el diagnóstico de enfermedades psicológicas modernas. Asimismo, lo estaría con que la globalización disuelve en el imaginario colectivo el sentimiento de extrañeza —y/o de odio— hacia lo extranjero, pero como ya escribí antes, yo no creo que nuestra sociedad tienda comportamentalmente hacia lo comunitario sino hacia lo individual. Esto, lógicamente, excluye a la política. Por otra parte, la coincidencia de dos factores no implica necesariamente causalidad. El abandono de las grandes guerras y de las profundas diferencias entre países e individuos propias del siglo XX, coincidiendo en el tiempo con la masificación de las enfermedades mentales —excluyo las inventadas por las farmacéuticas—, no tiene por qué significar que una cosa cause la otra en el sentido que indica Han.

Yo, atreviéndome a ser simple, diría que las enfermedades mentales surgen masivamente no a partir de la “sobreabundancia de lo idéntico“, sino de la sobreabundancia de bienestar. El ser humano no está evolucionado para vivir sino para sobrevivir, y en el marco de las necesidades básicas cubiertas, surgen problemas en una mente inadaptada a ese entorno de suficiencia permanente. Por otro lado, sobre esa base de suficiencia, arriba de la que la mente se ve obligada a optar por la vivencia y no por la supervivencia, es obvio que las enfermedades surgen por algo. En este sentido, estoy más de acuerdo con otras líneas de pensamiento de Han —a continuación diré con cuáles y por qué—, más que con la de la enfermedad mental como una consecuencia de la no identificación del otro como enemigo.

En la pág. 25 el autor inagura la idea de la sociedad de la disciplina sustituida por la sociedad del rendimiento. El problema otra vez —que yo veo— es que la base de sus argumentos se construye a partir de afirmaciones movedizas como estas:

“La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos”.

Como si ahora aparte de gimnasios no hubiera hospitales o como si antes aparte de cárceles no hubiera habido bancos.

También:

“A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”.

Como si la aparición de los segundos hubiera extinguido la existencia de los primeros.

La idea en todo caso es definir a los sujetos de hoy en día como “emprendedores de sí mismos” (p. 25), en lugar de como sujetos de obediencia a una entidad mayor, o como individuos que se entregan “plenamente al proceso de la especie”. Esto, a simple vista, no es nuevo. Incluso contradictoriamente, hace poco escuchaba a Wyoming —en entrevista a Gabilondo—, afirmar que antes el mundo era algo que uno creía que había que conquistar. Pero no creo que Han se refiera en su libro a que existe hoy —y no existía ayer— un espíritu expedicionario de descubrimiento del mundo. Esto sería claramente absurdo. Lo que creo —y estaría de acuerdo— es que el autor afirma que hoy los sujetos no rinden para tocar techo ocupando un puesto de obediencia (a elementos externos), sino que la empresa para la que no dejan de trabajar es ellos mismos. Hoy se (sobre)trabaja para seguir mereciendo un puesto en la empresa de uno mismo, y el peligroso riesgo es la autoexplotación. La enfermedad mental moderna aparece cuando ese “animal laborans” (p. 30) “ya no puede poder más” (p. 31) dentro de esa dinámica inacabable de autocoacción. Finalmente, “el explotador es al mismo tiempo el explotado” (p. 32), “haciendo posible la explotación sin dominio” (p. 48).

A través de otro cable de corriente, Han señala la multitarea o multitasking (actitud paradigmática de la hiperactividad propia de la sociedad actual) para denunciar un peligroso alejamiento de los logros humanos más auténticamente humanos. A saber, la filosofía, por ejemplo, sólo desarrollable a partir de una actitud en las antípodas del multitasking: a partir de una atención profunda y contemplativa. Así, la hiperactividad impide la relajación espiritual, la contemplación, la reflexión, y en última instancia, la novedad. “Quien se aburra […] deambulará inquieto y agitado, o andará detrás de una u otra actividad” (p. 36).

Otra idea que encuentro muy lúcida es la de la elevación de la salud a la categoría de diosa —se cita en el libro que lo había augurado Nietzsche—, como consecuencia de la pérdida de creencias y de la fugacidad de todas las cosas.

“La moderna pérdida de creencias, que afecta no sólo a Dios […] sino a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero […] Nada es constante y duradero […] La desnarrativización general del mundo refuerza la sensación de fugacidad: hace la vida desnuda […] Ante la falta de una tanatotécnica narrativa nace la obligación de mantener esta nuda vida necesariamente sana”.

La vida en sí misma es de las cosas más sólidas que nos quedan, y consecuentemente es de las cosas que más nos esforzamos en conservar. Yo tampoco creo que sea la única. Va a estar siempre la creencia en el amor, por ejemplo, que es la creencia más consustancialmente humana.

Haciendo un inciso, me llamó mucho la atención leer a Nietzsche —bastante citado en el libro—, como pensador occidental, razonando ya en el s. XIX ideas muy atribuibles a lo que hoy conocemos como pensamiento fundamentalmente oriental. En su aforismo titulado «El principal defecto de los hombres activos», escribió así en el contexto de la defensa de la detención, del “entre-tiempo” (p. 55):

“Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica”.

En este mismo contexto de interrupción de la vida acelerada, para gozar de un tiempo de pausa, de reflexión, Han reivindica la rabia —que no el enfado— como otro posible combustible del verdadero cambio. El autor des-sinonimiza ambos términos (rabia y enfado) para atribuir a la primera cualidades que promuevan una transformación real. Así, el enfado se dirige hacia lo concreto, mientras que la rabia comprende y quebranta toda la existencia. “Niega el todo en su conjunto” (p. 57) y siembra la semilla de un auténtico cambio hacia algo que debería ser mejor.

Añado un par de cosas más para finalizar:

1ª- No me gusta que el argumentario de la obra se construya a menudo a partir de la negación del pensamiento de otros autores. No creo que para manifestar ideas propias en el marco de un ensayo como este haya que negar las de otros/as.

 2ª- La última parte del libro —dos últimos capítulos— me parece en general bastante coñazo, volviendo un poco a aquella filosofía para filósofos del primer tercio de «La violencia neuronal», salvedad hecha de frases bajo mi punto de vista muy interesantes y rescatables como este par:

 “Todos los esfuerzos por la vida conducen a la muerte”.

 “El exceso del aumento del rendimiento provoca el infarto del alma”.

Dos expresiones que en definitiva sintetizan muy bien la intención comunicativa de la obra; igual que la distinción entre cansancios desarrollada en el último capítulo, «La sociedad del cansancio» (que es también el título del libro). Un tipo de cansancio bueno, reiniciador, solicitante, que nos vuelve accesibles al mundo, incluso que lo amplía en tanto que nos devuelve a él. “[…] al aflojar el constreñimiento del yo. No solamente veo lo otro, sino que también lo soy […] Uno ve y es visto. Uno toca y es tocado” (p. 74). “El cansancio profundo afloja la atadura de la identidad. Las cosas […] pierden algo en determinación. Esta especial in-diferencia les concede un aura de cordialidad” (p. 76). El otro cansancio, el malo, “el cansancio del Yo en cuanto cansancio a solas es un cansancio sin mundo, que aniquila al mundo” (p. 74).

O como le dije a quien con una sonrisa en la cara me sirve el café de lunes a viernes: —Qué esperas de un coreano que escribe en alemán.

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