He leído estas semanas «La guerra de los mundos», de H.G. Wells, que me ha parecido una novela sorprendentemente ecologista y antiimperialista.

La novela casi carece de astucias estructurales —en algún momento una historia da paso a otra, semiparalela, sin que ello entorpezca en absoluto su comprensión—, y está contada cronológicamente, con un estilo superaccesible, y poco tallado.

En manos de un escritor que hubiera dado igual importancia a la forma y al contenido, acaso estaríamos hablando de una novela deslumbrante, y no sólo entretenida e interesante. Pero Wells —cuya biografía recomiendo leer, pues no sólo fue un escritor de ciencia ficción—, creía en esto:

«Yo hago honradamente lo que puedo por evitar repeticiones en mi prosa y cosas así pero, quitando un pasaje de altura, no veo el interés de escribir por la belleza del lenguaje sin más».

Una invitación a desconfiar de la engreída suficiencia sobre la que está apoltronado el humano, no sólo creyéndose el jefe de todo el universo, sino sobre todo —¡y de que manera tan déspota ejerce esa “jefatura”!— del resto de seres pobladores de La Tierra.

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