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He leído «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista», de Michel Onfray.

ANAGRAMA. Colección Argumentos. 18 euros. ¿Caro?.

El ensayo es muy altibajista en su primera media parte, o parafraseando a Capote en el prefacio de su «Música para camaleones», uno se siente como sobre la línea que dibuja una cordillera montañosa. Sube y el autor te pone frente a conceptos profundamente interesantes, como esa “pulsión bovarista” que según él subyace en la educación occidental de la mujer. Baja la línea y Onfray te habla de cuando los curas y el orfanato. De su madrastra. Todos eran muy malos. Ya lo sabemos. Da la sensación de que en el fondo ese exorcismo de la bilis almacenada durante su infancia no está al servicio del lector sino de sí mismo, lo cual aparte de no ser grato lo convierte por definición en sobrante. Con todo, hasta de ahí sacas cosas que interesan, como la idea de la responsabilidad individual vehiculada mediante el siguiente ejemplo: “Una madre pega a su hijo como cae una teja del techo. El viento no es culpable”.

De ahí se pasa a una crítica medio conspiranoica a la historiografía filosófica oficial, con Sócrates como mesías y con Platón como apóstol, cosa que disgusta a Onfray profundamente. Sobre todo porque para entroncar con ellos hay que relegar a Demócrito y a Epicuro, según Onfray porque las malas lenguas oficiales afirman —él cree que equivocadamente— que eran unos irresponsables folladores.

Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Un revisionista que hace de revisionista sin mucha originalidad, después de todo, porque critica a la Iglesia y a la Historia oficial. El altibajismo de la obra viene —cuando viene— justamente por ahí: hay partes del discurso que son coherentes y suenan a verdaderas dentro del marco de una sociedad occidental moderna, que da por sentado su laicismo y su pluralismo; pero precisamente porque lo da por sentado no necesita que le cuenten —o no muy a fondo— cosas (por ejemplo) como la muerte de Dios o como esta: Destierro del amor incondicional al prójimo por una teoría de círculos éticos basada en el otorgamiento de la proximidad sólo a quien la merece. O sea, lo que prácticamente todo el mundo hace ya. ¿Se puede saber quién ama hoy en día, cristianamente, al prójimo como a sí mismo por amor a Dios? Prácticamente nadie —otra cosa es que lo diga—. Perfecto, ya lo sabía. El problema es que si volver a saberlo me cuesta 10 o 15 páginas, el resultado es la pesadez.

Otras veces él mismo cae en sus propias trampas. Dice, criticando que los valores laicos se parezcan tanto a los religiosos como para que haya habido una revolución de significantes pero no de significados: “Con vocabularios diferentes, en formas y formulaciones separadas, con actores que se creían adversarios, siempre se ha optado por los mismos valores: honrar a padre y madre, consagrarse a la patria, cederle al prójimo un lugar primordial —amor al prójimo o fraternidad—, fundar una familia heterosexual, respetar a los ancianos, amar el trabajo, preferir las virtudes de la bondad —la caridad o la solidaridad, misericordia o indulgencia, limosna o ayuda mutua, beneficencia o justicia…— a la maldad, etc.”. La pregunta, en casi todos los casos, es: ¿cómo no van a parecerse? El error es creer que la preferencia por la honra a padre y madre, o por las virtudes de la bondad, o por el respeto a los ancianos, son inventos cristianos. No son inventos cristianos, son opciones de sentido común desde siempre y para siempre.

Bien, dicho lo cual como intento de síntesis de lo que más me ha disgustado de la obra, vamos con lo que más me ha gustado, que es bastante:

“¿Qué se le reprocha a ese mundo? Querer la felicidad en la tierra, aquí y ahora, y no más tarde, hipotéticamente, en otro mundo inalcanzable, concebido como una fábula para niños”. 

Esta idea de la defensa del placer en vida tiene mucha presencia en la primera parte de la obra, y es muy poderosa. Y aunque también está lejos de ser nueva, está vehiculada mediante propulsores muy atractivos. Hay unos palos permamentes hacia el platonismo en tanto que comunica ideas después de todo inalcanzables. Onfray prefiere a los autoexperienciales, prefiere una física de la metafísica, una encarnación de las ideas, antes que a los médiums de un pensamiento sublime que en ese sentido nunca les pertenecerá. El autor está frontalmente contra la filosofía clásica entendida como promotora de “discusiones interminables sobre el sexo de los ángeles, retahílas de sofisterías, efectos de retórica ad nauseam, producción activa de una nebulosa verbal, religión del neologismo, prácticas onanistas y autistas, y otros síntomas singulares”. Para Onfray, la prueba del filósofo es su vida. La práctica es lo que da sentido a la teoría. Mucho más adelante, hacia el final de la obra, reivindicará en este sentido la lectura de Diógenes.

Hay una firme defensa en la obra del pragmatismo y del utilitarismo, lo cual parece lleno de sabiduría atendiendo a la pura definición de ambos conceptos. Y una firme defensa de una poscristiandad que sea verdaderamente una alternativa a esta. Hedonismo ateo puro, filosófico, sustancial, responsable, cortés, cotidiano, amable, evitador del displacer propio y de otro/s, creado a través de un autoanálisis existencial, de una ética que forme un yo sólido que resista el influjo de los determinismos “genéticos, sociales, familiares, históricos, psíquicos, geográficos, sociológicos […] La herencia, los padres, el inconsciente, la época, el lugar de nacimiento, la educación, las oportunidades, las desgracias sociales, todo ello tritura una materia dúctil, plástica en extremo, y la predetermina… al desorden. Las prisiones, los hospicios psiquiátricos, las consultas psicológicas, las salas de espera de los psicoanalistas, los salones interiores de los sofrólogos, consejeros conyugales, reflexólogos, radiestesistas, hipnotizadores y otros adivinos, las consultas de sexólogos, las largas colas de espera para los psicotrópicos en las farmacias, y muchos otros chamanismos posmodernos que bailan alrededor de esos Yo débiles y quebrados, y tantas otras identidades inacabadas”.

En otro de sus palos hacia el judeocristianismo, lo tacha de castrador (“odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce. No hay ningún arte de goce católico”), y aboga por la necesidad de una erótica poscristiana supresora de ideales como el Príncipe Azul, o como el Súper Macho (la incapacidad de una mayoría de hombres torpes para el placer femenino, crea frustración no por el disgusto de ella, sino  por ser vistos —por ella— como impotentes, incapaces, machos incompletos, y de ahí surge la miserable solución de satanizar el deseo femenino). Porque al final “lo real nunca soporta las comparaciones con el ideal”.

Según Onfray, el deseo presenta una formidable fuerza antisocial, una energía peligrosa para el orden establecido. “Bajo su imperio, ya nada de lo que constituye un ser socializado conserva su valor: empleo del tiempo ordenado y repetitivo, prudencia en la acción, ahorro, sumisión, obediencia, aburrimiento… Triunfa, por lo tanto, todo lo opuesto: libertad total, soberanía del capricho, imprudencia generalizada, gastos suntuarios, insubordinación contra los valores y principios vigentes, rebeldía contra las lógicas dominantes y asocialidad total. Para poder existir y preservarse, la sociedad debe someter esa potencia salvaje y sin ley”.

Una idea salvajemente valiente manifestada en el libro es que el deseo, en tanto que libertario y nómada por naturaleza, “en la forma limitada de un placer repetitivo y sedentario extingue la líbido. En la familia en la que la mayor parte del tiempo está puesta al servicio de los niños y del marido, la mujer muere cuando triunfan la madre y la esposa, que gastan y consumen casi toda su energía”.

Hay un intento de descargar a la relación sexual de gravedad, lo cual alude sobre todo a la mujer, que es quien más carga de gravedad suele atribuir al sexo, influida por casusas psicoevolutivas y socioculturales que puede elegir ignorar. La promiscuidad femenina se ha llamado ninfomanía; término despectivo, pero a partir de ya Onfray defiende la posibilidad de un libertinaje femenino, de un donjuanismo de la mujer.

A partir de la CUARTA PARTE del libro, Onfray aterriza en el arte. Primero hay una reivindicación de Duchamp —que ya recordaba haber leído en su «Antimanual de filosofía»—, como creador del primer ready made y consecuentemente del arte contemporáneo, aniquiliador del arte entendido como representador de lo bello. El concepto pasa a ser una pieza del tablero artístico, pero eso no significa que todo valga. Según Onfray, no es arte la gilipollez. La enfermedad debe ser causa de suspenso creativo —y tradicionalmente lo ha sido—; no de venta de la patología como algo positivo.

Finalmente, dice el autor, el cuerpo sigue sin ser tan importante como la idea y en ese sentido el platonismo no está aniquilado por el arte conceptual, cosa de la que se aprovecha el kitsch.

Más o menos por ese punto, hay una crítica al mercantilismo dentro del marco del mundo artístico que cualquiera imagina, y que por lo tanto —otra vez— es aburrida de leer.

En la parte del libro que toca de manera más trascendente a lo humano, hay una defensa de la integración de otros saberes, aparte del científico, cuya eficacia —incluso no siendo científica— esté prácticamente demostrada. Saberes provenientes del tradicionalismo chino, caribeño, chamánico. Esta defensa forma parte de un deseo de regreso al hombre, al humano, que no lleva miles de años sobre la tierra para nada.

Onfray también defiende en su manifiesto la biociencia —la ciencia de la genética y de la clonación— como una posibilidad para la disminución del sufrimiento; así como el aborto y la eutanasia en caso de muerte cerebral confirmada, vida mantenida por medios artificiales o coma que ha durado demasiado. Y para ello aporta metafísica de extraordinaria altura: “Están vivos los miles de espermatozoides que son eliminados en cuanto uno solo de ellos logra penetrar la capa exterior del gameto femenino, pero también lo están las bacterias que se alimentan del cadáver después de la muerte. Antes de la vida existe la vida, y después de la vida, sigue existiendo la vida […] Unas horas después de su formación, el huevo, sin duda vivo, no es humano. A los cristianos que hablan de persona en potencia les responderemos que cada uno, aunque muerto en potencia, está vivo de todos modos, pues de la potencialidad a la realidad hay felizmente todo un mundo”.

Es fecundo el recordatorio de Onfray hecho ya casi sobre el final, donde el tema central es la política, de las dictaduras como supresoras de la creación literaria, filosófica, cultural y artística.

Hay también por supuesto palos al liberalismo, de parte de un autor marcadamente izquierdista, que busca paralelismos precisamente con las dictaduras para criticarlo. “Desaparición de los campos de concentración, sin duda; apertura del mercado, ciertamente; pero también, y sobre todo, generalización de la prostitución, reino del dinero sucio, poderes de la mafia, aparición del hambre, mendicidad masiva, reducción del consumo a las élites generadas por el mercado, métodos consumistas, tráficos internacionales de materias fisionables, guerras étnicas, terrorismo brutalmente reprimido”. El fascismo del león ha pasado a ser el fascismo del zorro, pero ambos pertenecen al mismo bestiario, y lo peor en relación con todo eso, para Onfray, es que la izquierda gubernamental europea ha terminado por asumir un liberalismo no verbal pero sí de facto. La que queda, la auténtica izquierda, es llamada peligrosa, terrorista, apocalíptica, por quienes pretenden conservar el statu quo.

La idea para mí más maravillosa e inolvidable del libro; justificadora un millón de veces de su lectura la encontré casi al final:

“El valor de una obra se mide por la suma de los intercambios intelectuales generados”.

Sublime, autónoma, inapelable.

Intercambios intelectuales numerosos ofrece su fuerza de existir, su manifiesto hedonista; una obra que, con sus defectos, plantea una fértil comunicación con el lector, y cuyo corolario —porque como tal no lo tiene— podría ser este:

“Aquí y ahora, y no mañana o en un futuro radiante, más tarde…, porque mañana no es hoy… La revolución no espera la buena voluntad de la Historia con mayúscula; se encarna en situaciones múltiples en los lugares donde se la moviliza: en su familia, su taller, su oficina, su pareja, en su casa, bajo el techo familiar […] No hay pretextos para dejar para mañana lo que finalmente no se hace jamás: ¿el lugar, el tiempo, las circunstancias y la oportunidad revolucionaria? Ahora mismo”.

O más resumidamente, este:

“Ahí donde nos encontremos, reproduzcamos el mundo al que aspiramos y evitemos aquel que rechazamos”.

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