Seleccionar página

El sábado leía una columna de Santiago Roncagliolo, titulada «Photoshop», en la que hablaba de un estudio donde se había propuesto a diseñadoras de todo el mundo —casi todas eran mujeres— retocar la foto de una modelo para aproximarla, tanto como pudieran, al estereotipo de belleza al que más aspiraba cada sociedad. El resultado fue que las africanas querían labios más finos, las asiáticas ojos menos rasgados, las morenas piel más blanca, etc. Aunque el artículo pretendía, también o sobre todo, hablar sobre los elementos de los que más depende la autoestima según el sexo; me he acordado de él mientras terminaba «Frankenstein», que he leído en edición inglesa abreviada, para el alumno. La belleza exterior sigue siendo en general un motivo de hondo malestar. Nos continúa preocupando más que la interior. No es que haya que echar un vistazo muy profundo a nuestro alrededor para comprobar que la mayoría cuida más «lo de fuera» que «lo de dentro». La extrema superficialidad de la sociedad moderna —¿o ha sido así siempre?— coloca en permanente actualidad una novela como «Frankenstein», que intenta denunciar el error que supone dar una exagerada importancia al aspecto físico, desatendiendo tanto el emocional y el espiritual como para rechazar a otro ser humano sólo porque no nos gusta su aspecto. En la novela de Shelley un ser es creado a base de partes humanas, y como cualquier otro humano, comienza a vivir con la capacidad y la predisposición de amar y ser amado. Pero la sociedad, empezando por su creador, lo rechaza a causa de su feo aspecto, lo agrede, lo daña, y siembra en él un odio que lo terminará convirtiendo en un rencoroso y vengador asesino.

“Obligarnos” a sentir atracción hacia aquello que naturalmente no nos atrae parece que sin duda también sería un error. No hay por qué desobedecer necesariamente a nuestros mecanismos instintivos de atracción física. La belleza exterior no es ni mucho menos tan poco importante como hay quien defiende desde el extremo opuesto, pero la alternativa honesta a la atracción física es el rechazo físico, no el rechazo o la exclusión del otro (el daño) como ser humano.

Share This