Despertó sudando a mares, en una enfermería, no lejos del Lenny Lodge, donde una enfermera le había salvado la vida. Lo primero que vio fueron las aspas del ventilador de techo girar veloces en torno a la luna llena que las sujetaba. Al principio, la luz blanca y brillante causó dolor en sus ojos y los entrecerró; pero luego la atención sostenida en el movimiento circular le indujo un estado semihipnótico. Aún así, poco a poco el frescor provocado por el aire en movimiento fue recrudeciendo su frío, hasta que las primeras y borrosas palabras que pronunció fueron para pedir que lo apagasen.

La enfermera se negó alegando que la fiebre era aún muy alta, con un inglés —detectó él— de tipo broad distinto del que habían escuchado en casi toda la gente durante la semana: incluso sumido en la debilidad y en la confusión y hasta en el delirio —alucinaba, veía en la sala una suerte de niebla incorpórea— continuaba siendo dialectólogo.

En la cronología de sus recuerdos había un salto abrupto. Después del incidente, lo último que recordaba, pero igual que si sucediese a cámara lenta, eran sus pasos finales hacia la clínica. El blanco resplandeciente de la puerta exterior, deslumbrándolo mientras avanzaba bajo aquel sol rabioso, casi a rastras, sujetado por Hannah y por la mucama. Recordaba aquella angustia honda y esparcida que creyó que antesalaba a la muerte, pero del viaje a toda prisa no recordaba nada. Ni del vahído. Ni de ser despabilado a bofetón limpio ni del vendaje de urgencia aplicado por la mucama ni de salir corriendo bajo la amenaza de morir allí mismo, sobre la moqueta de su habitación en el Lenny Lodge.

Allí era donde había comenzado todo: de repente el endiablado dolor, como de delgados y filudos cristales hundiéndose en la carne, que le había hecho apartar la mano desde dentro de su mochila igual que si la sacara del fuego. A continuación había caído sentado al suelo. Desde debajo del chaleco sobre el chaiselongue, amaneció un siseo al que por fin siguió la aparición de la serpiente, que se irguió y abrió la boca, encorajinada, echando hacia atrás la parte alzada de su cilíndrico cuerpo pardo, como si lo estuviera tensando antes de volver a atacar. Pero Jon, allí sentado con su rostro a poca distancia de los ganchudos colmillos, no sintió más miedo que frente a una serpiente de goma.

La segunda dosis de veneno, inoculada de lleno sobre el carrillo derecho de su rostro —impasible incluso cuando estuvo seguro de la siguiente picadura—, provocó un grito corto y roto que alertó a Hannah, en aquel instante dentro del baño, enrollándose el cabello en una toalla. Lo vio nada más salir, despatarrado sobre la moqueta con las manos cubriéndose la cara; y vio a la serpiente y en seguida comprendió y llamó a voz en cuello a la mucama.

Lo que más devanó los sesos de Jon, en los días posteriores a su regreso, no fue en qué descanso del paseo por la Scenic Reserve la serpiente se había colado. Ni siquiera pensó tanto en la vecindad de la muerte durante las horas subsiguientes al envenenamiento, como en el hecho insólito de no haber sentido miedo durante el ataque.

Poco tiempo después quiso poner a prueba una sospecha extravagante. En la madrugada del primer día del primer fin de semana durante el que Hannah debiera viajar, planeó caminar y caminó hacia el puente romano con cierto propósito.

No quiso creerlo hasta que sucediera, pero sus anticipaciones no habían sido iguales a todas las veces que recordaba; y de hecho mientras avanzaba solo por las calles muertas, sus piernas no parecieron de gelatina ante la expectativa de enfrentar —sin betabloqueantes— su acrofobia.

Sólo durante el primer segundo después de subido al borde del pretil, y ya con la mitad delantera de sus pies sin apoyo, los dos mirando igual que él al abismo negro que daba al río, pensó que se había vuelto chiflado. Pero en seguida se corrigió al dar por comprobado que otra vez estaba sucediendo: no tenía miedo.

Aquella noche no durmió pensando en ello.

Por la mañana, hecho migas pero con un deseo inexplicable de estar seguro, buscó a un tipo mucho más grande que él. Lo encontró no lejos de donde vivía con Hannah en el corrillo que formaban quienes estaban encargándose de las obras de restitución del pavimento de la Calle Mayor.

—Me cago en tu hija de la gran putísima madre, gordo —increpó a la mole que más bulto hacía, después de apartar a dos de los otros, empujando a cada uno hacia un lado para abrir el corrillo.

El tipo era un eclipse. Un búfalo atezado y pétreo que primero miró a Jon con desconcierto —y los demás igual que él—, pero ya sin desfruncir el ceño. En seguida pensó en si conocía a aquella piltrafa, tratando de comprender la situación tan rara frente a la que se veía de pronto, antes de optar por la tercera vía.

Mientras el cerebro del búfalo trabajaba a esa velocidad, el de Jon se dopaminaba autobservándose: allí, rodeado de media docena de armatostes que más pronto o más tarde lo partirían por la mitad, se sentía ultra sereno. Prácticamente ingrávido.

Al final la mole dio el primer paso hacia adelante, aunque no del todo convencido ante aquella mueca en el rostro de Jon. Aquella mueca de quien sabe que lleva el detonador de la bomba escondido en el bolsillo.

Hannah recibió el aviso del ingreso hospitalario de su marido, víctima de una paliza de muerte, cuando casi había llegado su momento. Aún así dio tiempo a localizar a otro intérprete, y abandonó el congreso y tomó un vuelo urgente. Cuando llegó a la habitación, Jon escuchó el percutir de sus tacones, y la miró tras abrir el ojo que no le era imposible abrir. Los párpados del otro casi eran indistinguibles entre la hinchazón, debajo de la que había dos cicatrices cortas y paralelas, sobre la mejilla, pareciendo unos raíles. La nariz estaba toda vendada pero asomaba la sangre en la superficie de la primera línea de gasas.

Hannah había sido informada de las circunstancias provocadoras de la pelea. Dos vastas lágrimas resbalaron, calientes, por sus mofletes siempre rosados, pero no rompió a llorar. Pensaba en qué tipo de locura lo habría atacado, era posible que por causa o a raíz de la picadura de la serpiente.

«Ya no tengo miedo», dijo él, y hubo resonancia en la habitación, pero a pesar de todo su nariz rota provocó que las palabras sonaran cojas e imprecisas. Después exhaló como por última vez.

Hannah lo había entendido, y entonces sí lloró abiertamente.

A él le importó poco, porque sabía que tendría tiempo de explicarlo, y lo más importante, de demostrarlo. Sabía que se había librado del miedo para siempre. Se sentía como quien asciende y asciende con desespero bajo el agua, y asoma la cabeza justo un instante antes de ahogarse,    y respira el mejor aire del mundo.

En la mañana del alta salió del Hospital caminando envalentonado, junto a una Hannah cuyo rostro hubiera hecho parecer contento a un cadáver. Bajó con ademán exultante las escaleras principales que precedían la entrada al edificio.

«No se puede ser más feliz que esto», pensó.

Conforme llegaban al límite que separaba la acera de la calzada, con el propósito de cruzar a la calle de enfrente, el intenso sonido del claxon sólo fue paralizador para ella. A Jon lo alarmó tanto como el canto de una golondrina. Desde tres pasos más adelante escuchó el grito de Hannah pero todo era ya tan irremediable. Vio sin reaccionar venir de frente al furgón, y en sus faros un veloz, discontinuo encendido y apagado de luces antes de que lo arramblase. En seguida sintió una presión implacable sobre el cuello y después ya nunca volvió a sentir nada.

Iván Alarcón Tortajada. 2014.

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