He terminado recientemente de leer «El libro tibetano de la vida y de la muerte», después de un largo tiempo aparcándolo y retomándolo, encontrándome y desencontrándome con él, lo que supongo que es como decir conmigo mismo. 

El libro es un batiburrillo. Su intención fundamental, que es la de aconsejar sobre cómo actuar ante la presencia o ante la proximidad de la muerte, siempre actúa como superficie de fondo, pero Sogyal Rimpoché aprovecha para ir destilando algunas técnicas y las principales creencias de la fe budista en relación con la muerte.

En mi impresión final predominan paradójicamente dos sabores que son completamente opuestos. Uno me desagrada: es el que me deja que el libro, bajo mi punto de vista, pretenda ser ideologizante. No es que lo vea ilegítimo, pero no me lo esperaba. El otro sabor me gusta mucho: es el que me dejan los consejos de Sogyal Rimpoché sobre cómo relacionarnos con la cercanía o con la presencia de la muerte. Esto, que obviamente es universal y que va más allá de la creencia budista, le será por lo tanto reconocible a cualquiera, y es el motivo por el que el libro me parece un must.

La sociedad occidental carece de mecanismos de relación con la muerte por considerarla tabú. No es posible, por lo tanto —y a pesar de los tópicos—, que podamos considerarla algo natural cuando en general hemos desnaturalizado su presencia en nuestra vida. Cuando aterriza, nos aplasta. Se nos presenta no sólo como algo terrible sino como algo peor: como algo terrible frente a lo cual no sabemos cómo actuar, ni siquiera qué decir, porque nunca hemos sembrado nada en ese espacio de conocimiento.

Sogyal Rimpoché siembra algunas semillas para el lector de «El libro tibetano de la vida y de la muerte». Sugerencias de actitud ante la muerte que por su simpleza parecerán quizás trivialidades, pero que están llenas de sabiduría, y que tal vez sean el origen de una inquietud que a partir de entonces crezca y se ensanche en el interior del lector.

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