He leído este ensayo tan famoso y tan súper vendido de Víctor Frankl. Editorial Herder. Unos 12 euros en tapa blanda. Cómo me aburren las presentaciones.

El prólogo es un coñazo monasterial y santurrón con una sola idea que merezca su lectura, y que aislaré por si el lector quiere ejercer su derecho a saltarse unas páginas: no deberíamos imaginar a Frankl como alguien tan maravilloso como para resultar inalcanzable. La perfección o semi perfección proyectada sobre él, aparte de no resultar verosímil —esto es sabido—, resulta más o menos inservible porque deja al referente fuera de nuestro alcance. Más nos valen modelos que sintamos que podemos aspirar a imitar. Frankl fue un hombre ordinario, como cualquiera de nosotros, que vivió poseyendo un lado oscuro —incluso nihilista por lo que él mismo reconoció—, pero que a la hora de la verdad decidió ser alguien extraordinario.

Sobre la obra en sí misma:

Frankl fue un judío que estuvo en Auschwitz. Qué original, ¿verdad? “Ya he visto «El pianista»”, habrá quien diga. El prejuicio es entre otras cosas un ejercicio de pereza.

Cualquiera, alguna vez tras despertar de repente, ha maldicho porque en el sueño había regresado a alguna parte de ese pasado irrecuperable que casi siempre es maravilloso. Puede que el peor despertar posible en una situación igual fuera el que sobrevenía a los internos del campo de concentración de Auschwitz. Abrir los ojos y regresar a sus cuerpos débiles —o ya medio muertos—, esqueletizados por la malnutrición, apiñados contra los de otros para no congelarse literalmente de frío. Las llagas en sus pies chillando abiertas y el dolor tras el castigo demente de los guardias. Es un ejemplo relatado por Frankl para que el lector se haga una idea del terrible sufrimiento de los internos en Auschwitz. Lástima que se quede a millas de lograrlo, en realidad, porque a la mayoría esto les duele casi igual que cuando ven en los dibujos animados al gato Tom aplastado por su propia trampa. El lenguaje a menudo dispara y hace blanco donde no es dañino. No puede rescatarse el verdadero sentimiento del horror —ni ningún otro— leyéndolo, salvo que se haya experimentado antes. Otra cosa es que el entendimiento intelectual de la obra de Frankl no vaya a servir a cualquiera como una experiencia maravillosamente concienciadora. La buena noticia aquí es que el libro es apto para absolutamente todos los públicos. Verdaderamente no existe la demanda de ningún tipo de nivel mínimo en el lector, quien sólo deberá hacer frente a sus propios complejos —si los tuviera— para ir más allá de un título (el hombre en busca de sentido) que la verdad, suena mucho más excluyente de lo que en realidad es la obra.

Casi todo en el libro es de estar por casa, lo cual sin duda es uno de los mejores tipos de arte, porque pone al receptor en contacto con partes de sí mismo que desconocía (lo amplía) a través de una forma que no discrimina. Da respuestas fáciles a preguntas consustanciales difíciles. Tan difíciles, como para que a veces sean invisibles, como para que no hubiéramos visto que en alguna parte de nosotros mismos nos las llevábamos haciendo toda la vida.

«El hombre en busca de sentido» se ocupa, con franqueza y con asombrosa neutralidad, de contar prácticamente todo lo que pudo suceder en el cuerpo y en la mente de un interno de Auschwitz. Un lugar donde los hombres, en cuanto que números, incluso en cuanto que individuos con un presente sin futuro, no dejan de recordar a muchísimos internos del mundo de hoy.

El libro aborda sin tapujos ni autoexclusión cuestiones muy crudas y ásperas, como la capacidad del ser humano para la insensibilidad por adaptación incluso al horror. Hombres que llegaron a mirar como si nada morir a su lado a otros hombres, de hambre, o por enfermedad, o por un disparo en la cara. Pero el libro es sobre todo una reivindicación, y una demostración, del ser humano como alguien bueno. Como alguien que, incluso bajo circunstancias de absoluta competencia por los recursos que dan la vida —o que si no se obtienen privan de ella—, es capaz de conservar una buena conciencia. Capaz de elegir no fugarse para ayudar a sus iguales, capaz de entender la adversidad como una ocasión para la entereza humana. No para esperar algo de la vida sino para preguntarse qué espera la vida de él en un momento como ese. Para pensar en que el carácter inédito, e irrepetible, de cada uno de nosotros incluye un deber de responsabilidad con la propia existencia. Ahí es donde según Frankl el hombre encuentra el sentido, supera su impermanencia, logra una auténtica inmortalidad: en su comportamiento como humano, que será su legado, el ejemplo para quienes lo prolonguen. Y cuando ya nadie lo recuerde, él seguirá vivo en el pasado que escribió; una parte mínima, pero con consecuencias, de la historia de la Humanidad.

Se equivoca —nos dice Frankl— el hombre que va en busca del sentido direccionando su búsqueda desde fuera hacia dentro. Quien trata de llenar su hueco (su vacío) mediante la voluntad de poder, que en su expresión más tosca es la voluntad de tener (dinero). (O placer). Con independencia de lo que se pueda —o de lo que se tenga—, el ser humano halla el sentido cuando siente que hace valer bien su propia humanidad, se siente digno de ella, digno con el resto y digno del amor, que es su única salvación real.

“Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras mujeres […] mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa […] En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre […] la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor […] despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque sólo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido”.

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