Artista: Liu Ye.

He vuelto a leer «El Diario de Porfiria Bernal», cuento del que ya hablé una vez, brevemente, aquí.

La verdad es que se trata de un cuento muy persuasivo, original, perturbador y lírico que he releído con gusto, igual que con gusto expondré esta vez un análisis sobre él más desmenuzado.

La primera cosa para decir es que la primera cosa que escribe Silvina es como en los buenos cuentos: agarrándote ya por el pescuezo:

 “Pocas personas creerán este relato”.

Esto será un recurso manido; algunos dirán incluso que su dificultad es relativa, pero al final, hay que saber hacerlo y si no lo sabes hacer, pues no lo sabes hacer, chaval. También era fácil convertir un puto meadero en una obra de arte pero nadie lo hizo hasta Duchamp. La verdad es que a estas alturas, esa clase de primera frase en un cuento corto es muy identificable como parte fundamental de la carpintería del texto —que idealmente debería de verse cuanto menos, mejor—, pero es que a ver cuántos saben comenzar eficazmente un relato, con lo fácil que es. O como diría Borges —íntimo amigo de Silvina, por cierto—, “Corregir una página es muy fácil, pero escribirla es muy difícil”.

El resto del párrafo funciona igual de claramente al servicio del mismo primer engranaje, generador y anticipador de suspense. Hay ya además reflexiones profundas sobre el ser (Silvina es una autora muy metafísica). Esto no significa que sean almibaradas, o que tengan que dar ganas de tirar el relato por la ventana, o de resoplar desasosegado o de vomitar, porque la buena literatura no va de eso. Tampoco va de que hoy en día pensar profundamente en el sentido de algo sea un tostón y mole más hacer el gilipollas. Va de que hay reflexiones profundas sobre el ser en las primeras cuatro líneas del cuento de Ocampo. Y de que te caen encima como algo muy corpóreo y sustancial, que pesa, igual que los primeros compases de la Quinta de Beethoven.

Más sutilmente, pero en la misma línea de generación de intriga desde el kilómetro 0, durante su segundo párrafo el cuento continúa avanzando hacia dentro del corazón del lector, de donde ya no va a moverse. Parte desde allí. Desde su centro da el pistoletazo de salida. Algo fabuloso va a suceder y no podemos perdérnoslo:

“Escribo también para la conocida Society for Psychical Research; tal vez algo, en las siguientes páginas, pueda interesarle, pues investiga los hechos sobrenaturales”.

La verdad es que el cuento está lleno de astucias —a veces echo de menos la virginidad como lector—. Recursos para tensionar y distensionar en el momento justo; trucos de manual, pero deliciosos cuando uno los saborea ahí, así, tan hábilmente colocados. Silvina sabe en todo momento qué escribir, y cuándo escribirlo, para renovar todo el tiempo el mutuo acuerdo con el lector. Un contrato inmaterial que va a atar la mirada de éste a la página, sin cláusulas.

El cuento a veces es claramente autorreferencial, como cuando la protagonista, durante la descripción de sí misma, alude al dibujo y a la pintura, disciplinas en las que se adentró Ocampo durante su primera época como artista. Esto me ha quedado medio como una aburrida mancha academicista, pero la vida sólo puede reemplazarse por la muerte, y hay que dar testimonio de ambas para enterarnos bien de qué diablos va la película. En todo caso hay que añadir también que habrá escenas del cuento —como la espera en el hall— que Silvina convertirá verdaderamente en cuadros, como en una suerte de ejercicio multidisciplinar que la incluye como pintora pero siempre a través de la literatura.

Aparte de todo su arsenal táctico, Silvina dispara también todo el técnico. La aproximación al universo del cuento es hipersensorial: usamos los 5 sentidos para enternarnos de lo que sucede en esa realidad cotidiana suplementada con sobrenaturalidad que crea Ocampo en «El diario de Porfiria Bernal». La verosimilitud con que ambas cosas (lo demostrable y lo indemostrable) concurren en el plató del cuento y en el interior de las coprotagonistas, probablemente se deba a la creencia en lo inhumano por parte de la propia autora. Ocampo sin duda vivió y evolucionó ampliamente, igual que sus personajes, mirando el mundo y mirándose a sí misma de esa manera tan interrogativa y reseteadora.

Los telares descriptivos de Silvina tejen el texto —y sobre todo tejen las descripciones— con profunda precisión y nitidez. La manifestación de los matices y misterios de los personajes, y de los paisajes y nostalgias se da en un plano micrométrico. Y resbaladizo: las palabras parecen deslizarse. Sin obstáculos. Es verdaderamente bello y prodigioso.

Por el contrario, uno de los aspectos menos brillantes de Silvina Ocampo sin duda es su manejo del diálogo —y eso que hay poco—, mucho menos oficioso al menos en este caso que el resto de la narración. Es inevitable recordar de nuevo en este punto a Borges, de cuyas fuentes sin duda bebió Ocampo (y miles), y a quien se le reprocha —eso quien le reprocha algo— el poco uso de la forma dialogada a lo largo de su obra narrativa. Hay tramos en «El diario de Porfiria Bernal» donde el diálogo peca de casi todo lo que suele pecar el mal diálogo en literatura. Innaturalidad, inverosimilitud, contraintuición. Parece funcionar como un tosco engranaje de plástico cutre en mitad de la compleja y excepcional maquinaria literaria que por lo demás exhibe Ocampo. Comparemos fragmentos del cuento para demostrarlo.

Primero las malas noticias (¿no es este el mejor orden?):

“—Es cierto que la edad, a veces, no significa nada. Además, nunca se sabe la edad de las inglesas. Usted parece tímida. tal vez sin carácter; probablemente por eso parece más joven de lo que es.

—Señora, no hay que juzgar por las apariencias. Yo he sido como una madre con mis hermanos, cuando tenía quince años quedamos huérfanos y yo sola manejaba la casa”.

Ahora las buenas:

“Por la ventanilla del tren veía todo el campo incendiado por el poniente”.

O:

“Un silencio intimidante, como el de una presencia”.

Diría que la diferencia queda clara. O como escribió Capote en su prefacio de ‘Music for chameleons’: “It stopped being fun when I discovered the difference between good writing and bad, and then made an even more alarming discovery: the difference between very good writing and true art; it is subtle, but savage (Dejó de ser divertido cuando averigué la diferencia entre escribir bien y mal, y entonces hice un descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal)”.

El relato creo que tiene sobre todo dos hemisferios cvidentes, cuya línea divisoria es el punto a partir del cual el diario cobra todo el protagonismo y direcciona la historia. Esto sucede igual que los gregarios lanzan al sprinter en la recta final de una carrera ciclista. El demarraje es bestial. Y probablemente a partir de entonces el cuento ofrezca en general sus mayores cantidades de belleza, inquietud, suspense, poesía y sobre todo trascendentalismo. Va cayendo todo con mucha fuerza, como desde una alta y caudalosa cascada, visto a través de los ojos de Porfiria. De los ojos de esa niña que lleva dentro al mismo tiempo a la niña hipersensible y frágil que cualquiera esperaría, y a una malvada y azufrada adulta. El hondo análisis, cada vez muy breve y perspicaz, en ese segundo hemisferio del cuento de muchos grandes asuntos, es para mí la mayor joya de «El diario de Porfiria Bernal». Por ejemplo:

El sentir súbito de la inspiración en un alma de artista:

“Pienso que voy a ser una gran artista cuando veo un rayo de sol sobre el césped, o cuando tomo el olor a trébol que brota de la tierra al caer la noche (…)”.

La curiosidad humana innata hacia lo que no conoce o no tiene, hasta el extremo de desear no tener lo que sí tiene:

“Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben de ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada”.

La idea de que “Tener siempre cerca a las personas las aleja”.

La adultez como el estado de pérdida irrecuperable de nuestras mejores propiedades:

“He dudado de la existencia de Dios: las personas grandes siempre mienten y ellas me hablaron de la existencia de Dios”.

No están todos los que son, pero son todos lo que están.

Finalmente el desenlace, inesperado —desde la primera línea Ocampo hacer sentir que al final cualquier cosa puede suceder—, es una electrocución. Un calambrazo de literatura consignado con ese dulce y elegante surrealismo, del que se sirve Silvina para pintar un último cuadro justo antes del punto y final.

Nota: Cuento leído en narrativabreve.com

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