«[…]—¡Hey, super! —me saludan los negros, dándome el cargo de mi hermano.

—¿Cuántos inodoros taponaron hoy, hijos de la gran puta? —les respondo con mi más amplia sonrisa, en español, y ellos creen que les estoy diciendo que están muy bonitos […]»

Hilarante. La novela lo es a veces —varias— aunque no persigue esto.

Su principio es contundente y eficaz, como en toda buena novela:

«Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma […]»

Hay pronto esa predestinación para la derrota tan latinoamericana, ese trascendentalismo autotorturador que más tarde se carnalizará a veces de una manera absolutamente desconsoladora:

[…] La vida es un sida. Si no miren a los viejos. Débiles, enclenques, inmunosuprimidos, con manchas por todo el cuerpo y pelos en las orejas que les crecen y les crecen mientras se les encoge el pipí. Si eso no es sida entonces yo no sé qué es […]»

La novela desmitifica rápidamente a Dios —pero reconociendo que sin fe no se puede vivir, aunque ésta no sea en Dios—a la patria y a la política y a Papa, lo que es un amable eufemismo porque más que desmitificarlos se caga en sus hijas de las grandes putísimas madres, y de la suya propia también.

El estilo de Vallejo es infrecuente. Hay aquí un escritor imprescindible porque “infrecuente” (siempre y cuando funcione) es de lo mejor que puede decirse de un estilo, que además en este caso es descarnado, visual, trepidante, juguetón, lírico, irónico, súper legible, fortísimo, rico, muy poco adornado, sublimador de la acción; a cargo de un autor sensible, persuasivo, con un maravilloso control sobre el ritmo narrativo.

La desconsolada pero rabiosa denuncia de la realidad social de Colombia nos informa de que el autor odia el país porque lo ama, o no habría denuncia sino indiferencia.

Está también la denuncia de la amplia distancia entre ricos y pobres. Ricos muy ricos, pobres muy pobres:

«[…] Los pobres jamás compran. Roban y paren […]».

Todo en la novela está dicho así, lanzando vísceras a la cara del lector.

La novela es el summum de la herejía contraria a la fe católica. Y las hostias y los palos en ella son terribles no sólo contra el Catolicismo sino contra todo lo que pasa por allí y disgusta al narrador (al autor).

Hay matices que destilan la finísima cultura del narrador —que en esos puntos es cuando más se solapa con el autor—, y su gusto sobre todo por la música y por los clásicos grecorromanos.

En esta novela el amor entronizado es el fraternal, el amor entre hermanos, y está también el encumbramiento de la figura de la abuela.

Hay puntitos de metaficción y puntazos de autobiografía.

Hay misantropía.

«El desbarrancadero» es sobre todo una lúcida simplificación de la vida y de sus órdenes, sin máscaras:

Nada tiene sentido o sí lo tiene. Las personas, el vaho.

La vida es la pugna de los jóvenes por desbancar a los viejos y de los viejos —que viven para recordar— por no ser desbancados por los jóvenes.

La irremediable muerte (pero la vida también lo es) vista como el elemento más democratizador.

Los animales vistos como mejores que las personas.

El Papa teniendo un morro que se lo pisa.

El pasado es humo. Nunca más el pasado, pero nos tratamos de agarrar a él como si pudiéramos, igual que si tratáramos con las manos de agarrar un río, y esa es nuestra desgracia. Con todo, el hombre —y la mujer— es una trama de recuerdos que guían sus pasos.

Todos los días, a todas horas, estamos existiendo, «[…] arrastrando lo mejor que podemos este negocio […]».

Dios no existe porque Dios es un hijo de puta, pero querríamos que existiera.

 «[…] entre papas y presidentes y granujas de su calaña, elegidos en cónclave o no, a la humanidad la llevan como a una mula vendada con tapaojos rumbo al abismo […]».

 Al desbarrancadero.

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