Cuentos heterodoxos del Camino de Santiago

El Camino y otros pasos

He leído recientemente el último libro de César Gavela: «El Camino y otros pasos. Cuentos heterodoxos del Camino de Santiago».

César había querido escribir un libro de cuentos multiforme, creo que porque hace mucho leyó algo así de Borges en colaboración con no sé quién —la verdad se parece a esto—. Creo que lo ha conseguido. Al final, obviamente, el libro es uniforme en cuanto que hay un cuento, y luego otro cuento, y luego otro; pero el avance a través de su conjunto deja inevitablemente una sensación de diversidad, de policromía. Yo creo que sobre todo por cuánto ha arriesgado César en el plano de la estructura, de la forma, ya que el artista está siempre hablando de lo mismo, pero no siempre de la misma manera.

César, desde el principio, vehicula su sustancia con vastedad; sin reservas a partir del primer cuento, en donde hay ya una bella fotografía del tránsito de la vida hacia la muerte dentro del contexto de la proximidad de ésta: “Fui perdiendo el pasado poco a poco. Pero ahora es el presente el que se va”.

Salta a la vista el lirismo. Su presencia se siente durante toda la obra, que es como decir la presencia de César; casi como si estuviera detrás de ti, leyéndote los cuentos con claridad y despacio. Estamos ante un escritor con un amplísimo bagaje de lectura poética. Y claro que eso afecta mucho, y muy positivamente —¿podría ser de otra manera?—, a su prosa.

Probablemente, la mejor virtud de César como escritor sea, de entrada, que escribe muy bien. Por ejemplo:

“Al subir la cuesta de Ibañeta el silencio se desplomó: ya no era un vuelo”.

Volveré a hablar de esto más adelante.

El Camino de Santiago no es (necesariamente) una cuestión religiosa, sino una cuestión mucho más amplia: una cuestión de fe, y así lo ve César, desmarcado por completo del dogma en torno a Dios. Esto no son cuentos religiosos: esto son cuentos sobre la firme idea de que todo el mundo tiene derecho a creer en lo que le dé la gana. En Dios, o sólo en las piedras del Camino.

Hay muchísimo sentido del humor en la obra. Un sentido del humor fino, inteligente, agradecido.

«El Camino y otros pasos» cuenta muchas apariciones. Hay una multitud de seres fantasmagóricos por entre la ruta a Santiago. Creo que César se agarra a Juan Rulfo y a su confesa veneración por «Pedro Páramo». De alguna manera el espacio físico imaginario que ocupa este Camino de Santigo es la Comala particular de César Gavela.

Hay también maneras de narrar que recuerdan, por momentos con mucha fuerza, a la fabulación garciamarquiana. Junto con Rulfo —como precursor— continuaríamos dentro del marco del realismo mágico, pero ojo, porque el «El camino y otros pasos» no es ni mucho menos realismo mágico. Es un libro con un estilo mucho más sobrio y mucho menos ampuloso; moderno, pero donde huele agradablemente al cimiento del boom latinoamericano, gracias al que César Gavela (1953) sin duda quedó fascinado en su juventud, que obviamente fue el tiempo en el que comenzó a escribir.

Los cuentos, siempre ligerísimos —y esto es súper difícil cuando no atenta contra la sustancialidad de la obra, como en este libro— están llenos de ocurrencia, de ingenio. Escritos en tercera persona —y eso que César dice amar sobre todo la primera— son muy imaginativos. A veces están escritos en clave de fábula, y otras muchas hay el recurso del final inconcluso, cosa que va construyendo en torno al libro una sensación de confortable amplitud.

César nos acerca al paisaje convirtiéndolo en un personaje más con el mismo nivel jerárquico que el del resto de quienes poseen un papel principal. Y esto aparte de ser muy difícil, es extraordinario porque como lectores nos pone en contacto eficazmente, casi como si fuera real, con el entorno selvático, boscoso, que es nuestro origen.

Hay muchas definiciones del verdadero arte. Una podría ser que el arte existe para dar una forma entendible a aquello que los no-artistas sólo pueden sentir, pero no codificar, articular o vehicular. Así, sabemos que «El Camino y otros pasos» es verdadero arte porque César despliega (da forma) a un montón de asuntos de categoría universal, de manera que uno los lee y dice, o piensa: “esto es lo que yo he sentido muchas veces. A esto me refería”. A saber, el tránsito de la vida hacia la muerte, el prejuicio, la empatía, la oportunidad perdida, “lo que pensamos y ni siquiera somos capaces de repetir a solas en voz alta”; que o todo es un milagro o nada es un milagro: “El pequeño autobús aparcado a la entrada de Mañeru, la corbata azul eléctrico del conductor, las ruedas manchadas de polvo, unas maletas en la acera, el vuelo de un mirlo, un árbol, las piedras de una casa que parecía una torre, también la sonrisa de un viajero o la forma de mirar de otro.

Todo era verso, todo era canto, cualquier cosa me dejaba ardiendo de amor a la tierra y a la vida […]”. Pizcas de sabiduría que ahondan, hurgan en uno; que provienen de un existencialista, de un hombre que siente respeto y admiración y curiosidad por todo, y que lleva toda la vida haciéndose preguntas.

«El Camino y otros pasos» es una obra que cuida de su lector, quien acude al libro y encuentra en él aprendizaje con el que mejorar su vida real.

Algunos cuentos no me dicen nada, o sea, que opino también que hay en la obra un vasito de agua de borrajas. Además, creo que a veces la intención existencialista no pasa de la metafísica manida. Y no me gusta a veces el uso del punto y aparte, y seguiría sin gustarme incluso frente al argumento del ejercicio de estilo. César, en todo caso, si es que quisiera decir algo al respecto, podría decir como Saramago: “Yo no juego con las palabras. Son ellas las que juegan conmigo”.

Avisé de que volvería sobre la idea de que César, principalmente, escribe muy bien:

“[…] Una Compostela sin personas. Sólo con silencio y polvo […]”.

“[…] como un santo Job de Iberia, descalzo junto a la fachada, rascándose las piernas con una teja […]”.

“[…] empecé a sentir la vida de otro modo. —De cuál —me preguntó Cristina. —Es una transparencia nueva, diferente. Como si viera a las personas por dentro. Sus huesos, los músculos, las venas… con total nitidez. Pero también los cimientos de las casas: las vigas, los forjados […]”.

“[…] esos grupos son eternos. Lo son porque si alguno de sus miembros muere, pronto viene otro nuevo que, sin saberlo, cubre la baja y todos continúan bebiendo.

Cuando han pasado cuarenta años ya no queda nadie de los que empezaron, pero el grupo parece el mismo. No ha cambiado ni la ruta ni el vino. […] y todos a hablar de lo que siempre hablaron, de mujeres y de muertos, de política y nevadas, y no parar nunca […]”.

Y en fin, que recomiendo el libro.

Share This