“[…] su obsesivo atractivo para muchos que encuentran en él no sólo un espectáculo que comporta sensacionales proezas de destreza física, sino también una experiencia emocional imposible de comunicar con palabras; una forma de arte, como lo he sugerido, desprovista de análogo natural en las artes: por supuesto, también es primitiva, del mismo modo en que pueden considerarse primitivos el nacimiento, la muerte y el amor erótico, e impone nuestro reticente reconocimiento de que las experiencias más profundas de nuestra vida son acontecimientos físicos, aunque nos consideramos, y seguramente somos, seres esencialmente espirituales”.

«Del Boxeo», Joyce Carol Oates.

He leído «Del boxeo», recomendación de Toni García Aroca, quien me lo prestó mientras enfatizaba que el libro es acojonante.

Pues sí, es acojonante. Un ensayo muy hondo, que deja bien a las claras la extraordinaria —y deliciosa— altura intelectual de su autora, y que además es brevísimo. (Si hay que decirle al potencial lector que el libro en cuestión es corto por si aumenta la probabilidad de que lo lea, se le dice).

Siendo, más que un ensayo, por su policromía, un ensayo-mosaico —utilizo la definición de la propia autora— «Del boxeo» descubre todo el significado de ese deporte al que sin embargo no se juega, como dice la propia Joyce Carol, porque no puede jugarse a algo que incluye la muerte entre sus reales posibilidades.

El boxeo es visto y analizado desde todos sus aparentes ángulos de visión, y asimismo todos sus aparentes ángulos de visión son observados desde el centro de la acción pugilística.

“[…] El espectáculo de dos seres humanos que luchan entre sí […] viola un tabú de nuestra civilización […] el boxeo es pariente de la pornografía: en ambos casos el espectador se convierte en voyeur, distanciado y sin embargo, se supone, íntimamente involucrado en un acontecimiento que no debería estar ocurriendo tal como está ocurriendo. […] no trata tanto de sí mismo como de la violación de un tabú […] en el núcleo de la pasión de nuestra cultura por la pornografía subyace que el tabú sea espiritual más que físico o sexual, que el amor —nuestra experiencia humana más valiosa— esté siendo execrado […]”.

Oates descompone el ‘todo boxístico’ hasta el punto de separar y examinar con minuciosidad —y con literatura y con metafísica— la dimensión temporal en el contexto de un combate. El boxeo es lúcidamente analizado como algo donde la actitud cuerda es igual a la actitud insensata en la vida real (esto es, fuera de los límites del ring); y al mismo tiempo como algo que muchas veces es la vida real, o sea,

  • Aprendizaje construido sobre el dolor,
  • respeto al enemigo,
  • supervivencia,
  • prostitución,
  • propensión natural a determinadas conductas socialmente rechazadas pero emocionalmente coherentes,
  • examen;
  • nuestro devenir afectado por elementos que nos son ajenos,
  • el desvío —y la exteriorización— de la rabia que sentimos hacia objetos contra los que sin embargo no podemos expresarla;
  • desapropiarse de todo excepto del instinto cuando se lucha por la vida;
  • cinismo,
  • contradicción: el aficionado al boxeo legitima y ennoblece sobre el ring la misma violencia para cuya prevención y condena ha creado todo un modelo de sociedad. A través de “la dulce ciencia del aporreo” deja abierta una puerta tras la que poder reencontrarse con su genética más primitiva. En su punto más álgido la mencionada violencia evoca el instinto homicida de la especie. En el exacto y preciso momento en que el espectador grita «¡Mátalo!», lo está diciendo en serio. Sobre el cuadrilátero el racista acepta y heroifica al negro.

Carol Oates manifiesta en «Del boxeo» que el boxeo “es para hombres, y va de hombres, y es hombres”. Acaso porque la agresividad como mecanismo de exhibición de la capacidad de dominar sea ancestral y genuinamente masculina.

“Que los hombres peleen entre sí para determinar la valía […] excluye a las mujeres de forma tan absoluta como la experiencia femenina de dar a luz excluye a los hombres”.

Por otra parte, Joyce Carol observa los posibles —y aparentemente muy verosímiles— motivos  por los cuales tantos artistas han sentido y sienten atracción y afinidad por el boxeo.

Oates, también, revela muy destacadamente cómo el crecimiento de la autoridad del árbitro a lo largo del tiempo ha sido directamente proporcional al crecimiento del propio juez del combate como elemento civilizador de este deporte. La aniquilación del oponente en sentido literal es aquello que más relación guarda con la pura esencia de un combate en el que la vida está juego. La intercesión del árbitro abrazando (salvando) al derrotado, suprime aquella esencia, pero es que el consentimiento de la muerte nos alejaría inasumiblemente del mundo en el que deseamos vivir.

Atención a las citas con las que la autora encabeza cada capítulo, porque algunas son maravillosas.

Nunca he sido noqueado. He estado inconsciente, pero siempre de pie (FLOYD PATTERSON, ex campeón del mundo de pesos pesados)”.

Yoyce Carol Oates enfrenta, más de una vez, la contextualización del boxeo como síntoma de algo que sin duda sí es un verdadero problema —cuando no más de uno—: “La relación entre el boxeo y la pobreza ha sido reconocida, pero nadie sugiere la abolición de la pobreza como medio de abolir el boxeo. Tan a menudo sostienen los jóvenes boxeadores que se encuentran en mayor peligro en la calle que en el ring, que hemos de suponer que no exageran para convencer a los crédulos reporteros blancos”.

El boxeo es sobre todo y finalmente asumido como algo que escapa al tiempo en que se da y a su contexto histórico; como algo que reafirma al individuo y lo entroniza de nuevo por encima de políticas internacionales y de máquinas que no existen en el momento en que la carne, el hombre, lucha casi desnudo con sus puños por su vida, mientras es también el hombre sacado del tiempo quien mira, jalea, reencontrándose con su yo más antiguo.

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