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Terry Eagleton, uno de los críticos literarios más brillantes —y además, vivo— de toda la historia occidental del análisis de la literatura, publica en 2013 «Cómo leer literatura», que he leído en formato digital.

Acaso el principal problema de la idea generalizada o popularizada de “crítica literaria” sea que suena a coñazo. Probablemente se deba (cuando no es cierto) a que la concepción más extendida de una crítica literaria es la de un texto demasiado difícil como para no resultar insoportable, lo que de hecho y por definición significa que se trata de un coñazo (DLE 2014).

Otra de las contingencias a las que suele exponerse un texto crítico consiste en que el lector concluya, sin apelación, que algo tan complicado y discriminador no sirve para gran cosa en la vida. Esto entronca con la duda universal acerca de para qué sirve el arte o para qué sirve entenderlo. Cuestiones que exceden a lo que nos convoca, pero a las que sin duda sería interesante acercarse con modestia en otra entrada. Aún así, no me resisto aunque solo sea a rescatar la frase de José Francisco Yvars en su introducción a la “Teoría de la novela” de Giörgy Lukács: “[…] Solo la cultura nos alienta a concebir siquiera la posibilidad de una vida no enajenada, rica en matices y forjada sobre acciones asumidas […]” (Lukács, G., 2006, Teoría de la novela, España, DEBOLSILLO). Menciones como esta, degradadas poco menos que a citas de postal a base de uso reiterado, corren siempre el peligro de provocar sarpullido, sobre todo en las sensibilidades más estúpidamente iconoclastas, pero alguien tendrá que arriesgarse a no molar si queremos conservar un determinado canon de valores socioartísticos que este espacio defiende. Por otro lado, es natural y no debería ser discutible que la filología, en cuanto que ciencia, se exprese a veces mediante la parte de su conocimiento que no puede entender cualquiera. No la puede entender cualquiera porque igual que sucede con otras ciencias, la comprensión de sus partes más complejas requiere de preparación.

A ese tipo de crítica difícil es sin duda a la que Mario Vargas LLosa se refirió, yo creo que acertadamente, llamándola “crítica para críticos”, en una ocasión, tras ser cuestionado sobre la crítica literaria en general. Pero eso no significa que deba ser menospreciada, ya que como dije anteriormente cualquier ciencia obliga a mayor o menor preparación dependiendo de a qué parte de su conocimiento se quiera acceder, y eso descartaría (de entrada) al filólogo como sospechoso de hacer un uso plasta de su conocimiento.

No estoy de acuerdo con la segunda parte de la misma intervención de Vargas Llosa, durante la que afirmaba que “no existe una crítica que sea un camino que permita al lector común y corriente no extraviarse en ese bosque que es hoy en día la gran oferta bibliográfica que recibimos”. En España, “Revista de letras” es un ejemplo paradigmático de que la buena noticia es la existencia de una crítica literaria de calidad al alcance de todos. En la blogosfera, magníficos casos como el de Fernando Valls con “La nave de los locos“, o el de Javier Avilés con “El lamento de Portnoy” no son los únicos a los que recomiendo acercarse diez minutos antes de entrar en Netflix. En cualquier librería, “Vida y opiniones de Juan Malherido” es una fenomenal, divertidísima y súper recomendable recopilación de críticas de un autor (Alberto Olmos) que asimismo continúa su labor en Internet.

Otro magnífico libro relacionado con la materia es «Cómo leer literatura», de Terry Eagleton.

El ensayo de Eagleton, más que cualquier otra cosa, es un texto dirigido a toda persona interesada en la práctica de la crítica literaria, pero eso no lo convierte ni mucho menos en poco interesante para cualquier aficionado a la lectura. Al contrario. Su perspicaz interpretación del acontecimiento literario, allí donde esté y sea cual sea su forma, es sin ninguna duda profunda, sofisticada, iluminadora y cien por cien recomendable para cualquier tipo de lector.

El libro es absolutamente democrático en tanto que está escrito de manera que le resulte accesible a todo el mundo, y esa prosa de andar por casa pero al mismo tiempo cuidadísima y llena de fuerza expresiva, no puede ser casualidad en un autor marxista que de hecho siempre con mucha finura pero a veces también con mucha claridad, ataca al modernismo literario en contraposición a movimientos precedentes.

Destila Eagleton la idea de que existe siempre una interdisciplinaridad, consciente o inconsciente, entre el ejercicio literario y la acción social. Subyace, por lo tanto, la idea del escritor como una autoridad transmisora de valores sociales; concepto tan antiguo como Platón, pero que adquiere un aparato conceptual específico y, por consiguiente, estatus de teoría, precisamente gracias a la crítica sociológica o dicho de otra manera, a la teoría marxista de la literatura.

Sin negar a la literatura su función imitativa (máxima aristotélica), también parece difícil negarla como un objeto que subraya la posición ideológica de su autor, que obviamente está en relación con los valores, las tradiciones, los acuerdos tácitos, las instituciones, y en definitiva, con la sociedad de su tiempo. Pero más allá de una ideología concreta acerca de cuál es, o de cuál debería ser la relación de la literatura con la sociedad —cuestión sobre la que obviamente continuará sin haber una última palabra dicha—, es muy fecunda en Eagleton la preocupación, en sí misma, por la relación de la persona con la obra literaria. Y esa suerte de filosofía de la literatura, a cargo de uno de los mejores críticos de siempre, desemboca en la obra con observaciones extraordinariamente sutiles y lúcidas, no solo para la interpretación de las obras, sino para la interpretación de nuestras propias interpretaciones sobre las obras, a menudo tan irreflexivas y superficiales.

El otro gran asunto del que se ocupa Eagleton en su libro es el lenguaje, cuya parte autotélica es lo que él, sobre todo, pretende reivindicar más allá de que el asunto en general le sirva de tallo para moverse hacia cuestiones más manidas, como por ejemplo la detección del estilo o del chasis de las obras. Es decir, que hay una gran defensa del lenguaje como fin en sí mismo, como algo que está a su propio servicio, que no solo funciona como transportador de la obra sino que es la obra. La literariedad de un texto depende de la relación indivisible entre qué se dice y cómo se dice, nos recuerda Eagleton. El lenguaje, per sé, forma parte de la experiencia de la lectura.

Un ensayo definitivamente muy recomendable para cualquiera que lea. También porque el autor no se toma demasiado en serio en tanto que parece saber cuáles son sus limitaciones, y sus excesos, como crítico literario. Y también por su hilarante sentido del humor; y porque con toda clarividencia derriba el muro de un recurrente complejo intelectual, de muchos protolectores en relación con la literatura en general, y a menudo con la poesía en particular: “[…] Es mejor no ver las obras como textos con un sentido fijo, sino como bases capaces de generar un elenco completo de significados posibles. No se trata tanto de que contengan un significado, sino de que lo generen […]”.

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