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“Con tal de regresar y oír el trueno sonar
voy a cualquier lugar, no es muy difícil cambiar.
Quién sabe si jamás alcanzaré el final.”

Antonio Vega

Nada más doblan la esquina él mira, unos metros más allá, el rótulo del café-librería recortado contra el fondo de otra monocromática calle, coloreada por los faroles nocturnos con ese trillado color pajizo. En el rótulo, que le parece que levita, está el rostro de Kafka y un círculo coloreado de rojo al que mira igual que por primera vez. Lo redescubre orgánico. Es tan vivo que además de verse, sabe rojo.

Abre la puerta. Deja que ella pase primero y la mira, tan delgada; morena enloquecedora, se dice, de esa misteriosa manera en la que uno se dice a sí mismo algo, pero sin articularlo. La ve tan primorosa, movida como por un fina brizna de viento que él siente que también lo empuja, bar adentro.

La chica ocupa una mesa junto a la entrada. Él va hacia la barra, detrás de la que hay un tipo que lo saluda diciendo Qué pasa, fiera. O diciendo Qué pasa, maestro. Diciendo algo que este narrador omnisciente, paradójicamente, no comprende bien. Mientras aún saborea el olor a incienso que empapa el local, responde: Dos copas de vino. Piensa: Este es buen incienso. Va hacia el aseo recordando un verso de Alejandra. La tendrá en la memoria toda la noche.

pasos de quien no viene

El servicio, adonde el aroma a incienso también ha llegado, además apesta a alcantarilla. La mezcla de olores, a gomorresina quemada y a cloaca, no le desagrada del todo. Esto le sorprende. Piensa en que muy probablemente el azulejado influya. Un azulejado que le recuerda a Persia, que lo hace sentir aunque remotamente en alguna parte del imperio aqueménida. Hubiera esperado una pintada en el espejo como ¿FOLLAS?, y un teléfono; o algo como el dibujo de un falo, o como PUTA BARÇA, o como QUEEN, pero sólo pone QUE VIVA LA BICI. En una de las paredes hay un cuadro naíf representando un pastoreo. Hay una oveja en la parte inferior sobre cuyo lomo el esqueleto entero, embarullado, se muestra dentro de una mancha roja que evoca la sangre, y las vísceras, del animal. Pero se supone que la oveja está viva y que eso es como un escáner de aeropuerto. El esqueleto rutila bajo la mirada severa de un pastor cuya dentadura le sobresale. El pastor aprieta los dientes fuerte. En su mueca hay satanismo.

la sombra cubre pétalos mirados

Sale del baño y ve que a su izquierda, al piano, en una esquina del local, una joven rubia interpreta a Einaudi. Cae una luz vertical sobre ella, sólo sobre ella. La encapsula. Los mechones junto a la raya que le parte el cabello están encendidos. La ve como a la muñeca de una caja de música y mientras lo hace, y avanza, siente el tiempo ensanchado. Sus pasos, entonces lentos, orbitan en torno a algo ultra masivo que parece ser la nostalgia.

alguien entra en la muerte con los ojos abiertos

Continúa hacia la mesa en donde la chica lo espera, sonriendo, como quien sonríe frente a un mar plateado aunque todo el pasado esté inundado de lluvia. Él siente, entre miradas fugitivas que la observan a ella —y cuyos dueños piensan: es la chica más guapa que has visto nunca—, su estómago grávido de colmillos de lobo. Continúa avanzando, como por un plano inclinado directo hacia el abismo, que quién lo diría, él siente más cerca cuanto más se aproxima a esa ninfa de la mesa. Llega y se sienta. Sonríe, pero es por puro mimetismo. Le acaricia la nuca con la ternura de un cachorro. Es amor. Dice: Cómo va el partido. Ella parece algo más que contenta; parece feliz mientras responde: Ya ha ganado. ¿Ah, sí?, pregunta él, con una voz anémica que parece de otro, pero que es la suya, su voz de autodevorado. Da un trago de vino que mientras baja al estómago le espina la sangre. Siente que ceden sus últimos contrafuertes, que se despeña hacia el campo baldío en donde pronto será ya todo irreparable. Imagina que lo próximo bien pudiera ser la muerte, pero en lugar de morir, en el último instante, llora. Explota a llorar. En la mirada de ella, por lo demás de sobresalto, parece haber ya el consuelo de que los balanceos del espíritu no tienen razón, y de que no hay que buscársela. De que la vida irá igualmente hacia donde iba. Y parece ser cierto, porque todos lo miran además de ella; hasta la joven del piano que ha dejado de tocar. Pero eso tampoco lo mata.

Iván Alarcón Tortajada, 2016

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