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Un café literario no es un café con estantes del rastro y los libros que el dueño hubiese tirado, aunque si yo tuviera uno probablemente sería así.

En estos tiempos de antiintelectualismo y de pospensamiento escribir en público está menos bien visto que nunca.

Hace poco que De Prada dijo que el escritor de hoy era “un pobre pringao al que nadie hace caso”. Entronca eso con el pensamiento de Gándara sobre la relación envenenada entre creación y posesión: “Si la creación consiste en sentirse orgulloso de la contemplación admirada de los otros, entonces esto no es creación sino currículum […] Muchos que dicen ser creadores no son más que poseedores, poseedores de lo suyo, de lo creado, monumento a una vida que aún así acabará como todas. Pero si se sigue esta máxima, ¿para qué crear? Lo dice el maestro: para seguir creando. Es distinto aumentar la posesión que crecer en la creación. Para esto último hay que aprender a deshacerse de lo que uno ha levantado”. (O volviendo a De Prada, aprender a deshacerse de la importancia de ser —o no ser, he ahí la cuestión— un pobre pringado).

Roberto Bolaño habló una vez sobre sobre los peores escritores del mundo y sobre los más falsos como si fueran lo mismo, pero eso no es verdad. Solamente los escritores verdaderos, algunos de los cuales son los peores incluso amén de ser veraces, han sentido el éxtasis escribiendo. Y todos ellos saben que un escritor verdadero escribe ni más ni menos que porque no puede no escribir.

Starbucks Coffee, en la Calle San Vicente Mártir, 12, de Valencia, es un café literario porque aunque no lo adornan los estantes del rastrillo, o de la morgue, tiene el poder de atracción con el que captar la voluntad literaria de quienes presentan desarrollado ese gusto.

Sobre la personalidad de los establecimientos de la cadena cafetera washingtoniana, la sospecha de un calculado (y enlatado) eclectismo no tiene por qué molestar mucho a quienes prefirirían que eso fuera la consecuencia de un acervo, aunque sólo se deba a que por lo demás está conseguido que el espacio lo habiten, en general, personas multitipo. Presencia uno en Starbucks Coffee partes ultra reconocibles de la apariencia, de la lingüística y de la paralingüística de estos tiempos medio indefinidos de Metamodernidad. Puede que hasta uno sienta sobre sí mismo que mola porque mola estar allí, aunque le parezca inconfensable ante su grupo de amigos poshippies, convencidos de que el sinsentido de molar por ir al Starbucks tiene menos sentido que el sinsentido de molar por reciclar. La vida continuará siendo termodinámicamente improbable y un día terminará para todos, cosa que no sé bien lo que significa pero que tampoco sé bien lo que no significa.

Música adecuadísima, que yo sepa americana, el mejor café con leche que yo he probado en Valencia y el peor hachazo que yo he probado en Valencia, en el Starbucks de San Vicente todos los días del año para quienes quieran arriesgarse a leer o escribir.

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