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Otra noche kafcafiana —no kafkiana—, el jueves pasado en Kaf Café Benimaclet, en torno a versos sobrevoladores de cabezas de amigos que no vendrían (en adelante la cursiva+negrita es para letras prestadas de los cantautores y poetas). Pero los míos sí vinieron. O casi todos. Faltaste , y alguno de esos con quienes si hablo de lo de antes, el viento sopla distinto.

Qué cortas las horas de la no espera un viernes por la tarde “al margen de la realidad”, que diría aquella. ¿Qué hay en ese margen? Lo mismo que al otro lado, pero sabe distinto, los gatos ronronean su noche impar, se escuchan las emociones, uno se siente a salvo naufragando; náufrago entre el vientre y la pupila; todo el mundo deja de intentar morirse, y está en la pared nuestro nombre sobre el ladrillo.

Había un payaso que no tenía ni puta gracia. Quizás fuese yo antes de mí, pero un payaso que por lo menos entonces no diría cosas como Vale, no estás; lo entiendo. Diría Vale, no estás; Te quiero.

Diría Vale, no estás; Te quiero. Atréveme.

Busco trabajo de gota de lluvia para atreverme a saltar al vacío.

La lluvia sólo es romántica desde detrás de una ventana.

Me acuerdo de cuando el jueves pasado éramos jóvenes. Y de unas pocas voces y de unas pocas notas, tensando las cuerdas de un espacio tan próximo a donde había alguien —pongamos que alguien anónimo—, como para estirar también sus ojos, y su sonrisa en una mueca por lo demás desnaturalizada. Una mueca conmovida y horrible.

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