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Anduve el domingo por el TEATRO FLUMEN, presenciando la extraordinaria versión de José Sáiz de «Bodas de sangre»; la tragedia lorquiana que nos habla principalmente de la fuerza arrasatodo del amor, que es la fuerza de la vida en sí misma dirigiéndose hacia donde quiere estar. Átomos, quarks, bosones o neutrinos empujados por fuerzas cuyo porqué es un misterio incomprensible, forman supraestructuras (por ejemplo, personas) mucho más esclavas de lo que ellas piensan de esos mismos empujes invisibles que son leyes ajenas a cualquier intervención humana, o sea leyes divinas universales.

Nada pueden en el fondo contra eso invenciones del hombre como el interés o como la conveniencia, que traerán arroyos de sangre en la visceral obra de Lorca; tan salvajemente interpretada como para hacerte sentir el alma aupada, estirándote de la médula hacia fuera de ti mismo. Hacia donde “la luna deja un cuchillo abandonado en el aire”.

“NOVIA. ¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia.) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera,y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!, yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos.”

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