Y he terminado a propósito de Cortázar de leer Bestiario, que compré la mañana en que acompañé a Sonia a un lugar sin misterio —pero en el relato sí—.

Bestiario es del 51; su primer libro de cuentos. Cortázar lucha hasta sus 37 la batalla del estilo:

«Yo sé muy bien que un escritor no llega nunca a escribir lo que él quisiera escribir. Y que cada libro nuevo… un libro más es en cierta medida un libro menos. Menos en ese camino para irte acercándote al libro final y absoluto que nunca escribes, porque te mueres antes, ¿no? Entonces son las etapas de eliminación de lo superfluo en alguna medida para llegar a lo absoluto. Bueno, pero las cosas no son así… Lo que yo tenía era una autocrítica bastante grande, y me había fijado una especie de nivel no por relación a modelos exteriores, aunque naturalmente tenía mis grandes admiraciones: Borges, por ejemplo en ese momento. Nuestro maestro en esa generación. No, pero esos eran modelos un poco platónicos. Es decir que personalmente tenía mi camino. Sentía lo que tenía que decir. El nivel me lo fijaba yo mismo. Y entonces no estaba dispuesto a publicar cuentos que tenían fallas de estilo, que eran flojos en definitiva, y no los publiqué […] Toda esa serie de cuentos de Bestiario son los primeros cuentos en que yo me sentí relativamente seguro de haber dicho lo que quería decir».

Pues no es posible salvo con generalidades sobre él —que cuando son sobre él ya no son generalidades sino vaguedades, gilipolleces—, explicar qué es Bestiario, qué es Cortázar.

Su literatura es su swing, y es tan suyo, tan singular, que se escurre en las manos de cualquier comparador.

El alma de Cortázar, vehiculada a través de la densidad, de la astucia y del tempo de su estilo fantástico-realista sólo pueden conocerse a través de su lectura. Hasta la opinión más entendida está desnuda frente a Cortázar. La retribución a cambio de la exigencia a la que obliga es estar más cerca del otro lado, de la cara oculta de la moneda que es el mundo.

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