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Dos olas delgadas rompen a unos veinte metros la una de la otra. Rober sabe que es así: con los ojos cerrados, sentado en su hamaca, las oye y sabe que una ha roto justo en frente y la otra a la derecha.

Muy cerca de la orilla sobresale del agua una roca y encima de ella hay un niño. Al lado del niño hay un hombre vigilante. El sol de las cinco de la tarde ilumina el torso del hombre de una manera especialmente brillante. Hay un momento en que a Rober le parece una manera inolvidable, pero enseguida entiende que la verdad es que cualquiera lo olvidaría. Cree que él también lo olvidará, aunque a continuación piensa en el misterio de esos recuerdos que no parecen ser importantes pero aguantan. Recuerdos tan poco importantes que ni en ese momento Rober es capaz de recordar solo uno, aunque sabe que a veces sí. Todo ese embrollo hace que se sienta raro. Piensa que en verdad no más raro de lo que se sentiría cualquier persona por la misma razón, y entonces deja de verse como alguien especial. Comprende que el mar que tiene delante es el mar, y que no es más suyo que de cualquiera.

El agua rompe contra la roca sobre la que está el niño y la vuelve resbaladiza, razón por la que este se lanza con los brazos por delante a la ridícula profundidad que hay cerca de la orilla. El hombre le ordena salir del agua. Salen juntos. El hombre es alto y fuerte y el chico a su lado parece especialmente pequeño, flaco y frágil. Rober piensa que no parecen nada más que lo que son: un padre y su hijo. Inmediatamente y sin que ningún otro pensamiento lo despiste, ve claro el ciclo. Vivir, morir.

Bajo la sombrilla hacia la que andan padre e hijo hay una mujer. Es guapa, madura y esbelta y tiene la piel blanca como una luz lunar. Está sentada encima de su toalla y a su lado hay un canasto de mimbre. Al otro lado del canasto una niña algo mayor que el chico juega a construir una torre con cantos rodados.

Rober mira al mar. Las olas acumulan poca agua y rompen cuando aún son unas esmirriadas. El mar de todos, piensa. Y el mar de siempre: un mar azul debajo de un cielo azul un poco manchado de blanco. Rober imagina dentro del canasto unos sándwiches envueltos en servilleta. Recuerda la miga del pan bimbo, blanca, suave, esponjosa. Se le hace la boca agua acordándose del salchichón. Piensa en que los niños no habrán olvidado aún esa merienda cuando sean ancianos, y cree que en verdad todo en ese momento es tan memorable, tan normal, tan bonito, tan sabido, tan imitable, tan irrepetible.

Iván Alarcón Tortajada.

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