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En un par de fines de semana he leído «Ajuste de cuentas», de Chema Lugares, libro de relatos que me llegó por correo hace algún tiempo. Vamos, que este me ha salido por la patilla.

Es el segundo libro que leo del autor.

Me perdonará Chema el primer uso que le di, antes de abrirlo, durante un agradable café en compañía de mi amigo Harpo:

En realidad, más que perdonármelo supongo que me lo agradecerá, porque un tío como Chema, vasco, tan sensible pero tan perfecto conocedor del valor de un buen pedrazo en la olla, llevará mucho tiempo de vuelta de la idea del libro como esa efigie que va arriba de un trono y las citas de Cortázar y su puta madre. Si la mesa cojea se pone el libro y punto. Y luego se lee.

Lo primero que tengo que decir es que el libro está muy bien editado. Es muy agradable, y esta «Editorial Círculo Rojo», que no conocía —cosa que no dice nada en su contra—, ha hecho las cosas muy bien.

Chema construye aquí una suerte de road movie literaria, según parece bastante autoficcional, en la que generalmente cada relato despliega la estancia y vivencias del protagonista en diversos puntos de UK. Unas veces trabaja y otras veces sólo gasta, pero en definitiva la coyuntura casi siempre es aprovechada como vehículo de las denuncias que el autor desea manifestar mediante la obra. Hay veces en que dichas denuncias llegan al lector a través del relato de grandes hechos históricos reales, pero casi siempre el fondo, esté Chema hablando de sus andanzas o de las de Enrique VIII, no deja de ser el mismo: denunciar las conductas que según Chema son (o han sido) comunes y despreciables en el humano cuando se relaciona con otros humanos. Esto, de entrada, no hay que descuidarlo como admirable en sí mismo, porque si no es que nos sentamos aquí a escribir —yo y no sé quién más—, con el iMac y la madre que nos parió, y nos olvidamos de que hay un tío tratando de ponernos frente al espejo de sus ideas, para que intentemos ser mejores.

Otras veces Chema sencillamente habla de universalidades, cuya raza especial como ya sabemos les da un gran valor per sé, y no hace falta aliñarlas con más asuntos ni con albahaca. A saber, el amor, la nostalgia, el humano como animal social, la enfermedad, la contrariedad, la polla de los negros, el autocuestionamiento —perdón, este no es universal—, etc. El viaje iniciático acaba en España y en la Guerra Civil, que es donde suena verosímil que acabe un vasco que quiere denunciar cosas.

Bueno, primero que nada: Chema escribe muy bien, y su crecimiento como escritor a juzgar por el otro libro suyo que había leído me parece muy notable. Su estilo es sobrio, expeditivo, muy transparente; está muy bien puntuado. Se respira bien, se escucha bien, se lee fenomenalmente bien. Es acogedor. Uno se empapa del carácter, de la condición y de la naturaleza del entorno en donde Chema relata, que puede ser Londres, p.ej. Pues bien, lees a Chema y estás en Londres. Esto ya es desmarcarse de la gran mayoría del resto de escritores del mundo. O en otras palabras, que si Chema escribiese mucho peor, algún año podría haber ganado el «Premio Nadal». Además de esto, Chema es hondo. Su estilo desornamentado no le resta al contenido profundidad ni perspicacia. Chema sin duda es alguien muy amplio y reflexivo, además con un fino sentido del humor —ej. capítulo 5: «Malcom»—, que ha pensado mucho en el significado de sí mismo y del mundo. Y sabe desalmibararse para integrar eso dentro de un estilo dirigido a todos los públicos.

Algunos ejemplos del bello oficio de Lugares:

“[…] Sus melodías saben agridulce y huelen al perfume rancio de las cómodas centenarias. Su voz mesa mis cabellos de hijo que soporta un mal trago. No te preocupes, me consuela entre cínico y entrañable a ritmo simple de dos por cuatro de guitarra, yo sé por tus ojos… yo sé por tu sonrisa… que esta noche todo irá bien… por un rato.

 “[…] he tenido la fortuna de recorrer unas tierras sin término medio, de blanco y negro, de rojo y verde, de militares que se rascan la cabeza por debajo de la gorra y granjeros encrespados que no reconocen la autoridad […]”

“Regreso con un voluminoso equipaje, pero lo más valioso que traigo es aquello que no pesa […]”.

“[…] Allí el viajero, a pesar de estar inmerso en la angostura de sus callejuelas, se veía transportado hacia espacios abiertos por el constante olor a canela, melón, madera, cuero y fruta fresca, por la proliferación de jardines y almunias y por el perfume del azahar que acompañaba el discurrir del agua en las albercas […]”.

Como antesala de algún capítulo a veces hay bellos poemas —esto aparte da singularidad a la obra—, lo que no significa que siempre que haya poemas sean bellos, sino que a veces hay poemas, y a veces son de Chema y a veces, entre los suyos, hay alguno bello. For example:

el hombre sin recursos,

el hombre sin memoria corta

no deja de ser un animal

superdotado.

No recuerdo por qué coño me gustó tanto este poema, pero si me gustó tanto qué derecho tengo yo a negar ahora a aquel Iván.

Dicho todo lo cual, tengo un par de peros que poner al libro, y no creo que sean pequeños.

El primero es que echo de menos a un Chema más desencorsetado. Hace poco, un amigo me confesaba ser algo mojigato para determinados “excesos” en literatura, como por ejemplo leer que un tío se hace una paja. La cuestión no es estar follándose al mundo; la cuestión es si da la sensación de que el autor quiere follárselo y se queda en una triste caricia. La caricia no es triste en sí misma: es triste en este caso la negación del alma. Tampoco digo que haga falta que Chema dé más que un “trago corto de whisky” (pág. 59), ni que se calce a la negra (cap. 3: ‘Wendy’). Sólo digo que prefiero cuando escribe así: “Me lo ha soltado todo de carrerilla y con esa amplia sonrisa plantada en su jeta” (pág. 85). Y sobre todo digo que no me venga en la pág. 67 con que “Transcribo lo que va saliendo de su boca porque en su hablar racial los coños, joderes y hostias fluyen con demasiada frecuencia”. Pues coño, qué jodida casualidad, hostia, va y resulta que yo prefiero —y estoy convencido de que cualquier lector mínimamente exigente prefiere— sus coños y sus joderes y sus hostias. Conocer al personaje, oírlo a través de su propia voz, de su singularidad. Prefiero los cambios de enfoque, a los personajes que no son siempre el mismo personaje-narrador-escritor que le pone su filtro a casi todo, y que dice que los demás viven pero en realidad no los deja vivir. Quizás porque implicaría demasiado esfuerzo. Porque es más fácil cambiar a clave de tercera persona y escribir “Dijo que la abuela fumaba”. Pero el lector (quien a pesar de todo leerá a gusto «Ajuste de cuentas») en el fondo espera otro tipo de salto. Un salto en el que exista el riesgo de descalabrarse. Espera de la literatura ficcional la experiencia de una realidad alternativa que sea profundamente estimulante. Pero la cuestión es que para serlo casi siempre necesita ser valiente, y apostar alto dentro del marco donde el autor ha decididido encuadrarla. Yo espero eso de un autor como Chema, sobre todo porque demuestra a través de su crecimiento y de su capacidad narrativa poder apostar así de alto. Si quiere.

Por otro lado —y en parte como derivación inevitable de lo anterior— me disgusta que el mensaje que el autor desea transmitir no sea en general transmitido a través de la acción, sino de la detención. Chema juguetea a menudo, desde la narración en primera persona, a tener los superpoderes más problemáticos —para el gusto de muchos, hoy en día— del tradicional narrador en tercera persona omnisciente. Dicho modelo inflexible de narrador completamente deificado comienza a mostrar flancos débiles a partir del siglo XX. En su maravillosa entrada titulada ‘La construcción del realismo fuerte en algunos libros de la narrativa hispánica actual’, Vicente Luis Mora enumera y describe modernas alternativas al narrador omnisciente, sin que siempre sea necesario desusarlo. La idea es que su todopoderío no abuse del lector, en cuanto que prive a éste de sentir que son los personajes quienes vehiculan la intención comunicativa de la obra. No el propio autor, encarnado en ese narrador que todo lo puede y todo lo sabe, y que detiene los hechos para explicitar qué significa su libro, en lugar de que los hechos en movimiento lo subcomuniquen.

Veamos algunos ejemplos de los que desglosa Vicente Luis Mora —y que acaso beneficiarían a la literatura de Chema Lugares— como alternativas a la omnisciencia monopolizadora de la literatura previa al siglo XX:

“[…] o del hábil “nosotros” que utiliza Isaac Rosa en La habitación oscura (2013), caracterizados por un límite de conocimiento sobre la historia que no tiene el narrador omnisciente decimonónico, amén de preñar de saludable subjetividad –la del personaje, no la del autor– la obra. Otra posibilidad es dejar zonas de enigma o de penumbra en la historia, partes sin resolver, como hace Sara Mesa en Cuatro por cuatro (2012), con el fin de materializar la evidencia de que el narrador no puede llegar a conocer toda la historia, ni la psique entera de varias personas. Una tercera es el recurso a lo distópico o a la ciencia ficción; una cuarta sería el apoyo en géneros que ya reconocen su acceso parcial e interesado a la realidad, como el “reportaje gonzo” que practica Robert-Juan Cantavella en algunos cuentos de Proust Fiction (2005) o en El dorado (2011). La quinta vendría constituida por la autoficción, que, a pesar de su tendencia a constituirse en plaga, sigue siendo interesante como limitación de la omnisciencia cuando hay autocrítica, según el modelo de Miguel Serrano Larraz en Autopsia (2014), que ronda el modelo también autocrítico de Summertime (2009) de John M. Coetzee. La sexta posibilidad atenuadora de la omnisciencia realista es una de las más antiguas y elegantes: presentar al narrador como no fiable, como alguien consciente de que su testimonio o relato puede no ser del todo veraz, como el Cide Hamete Benengeli cervantino, el narrador del Ulysses a juicio de Seymour Chatman, o el narrador de La invención de Morel (1940), convenientemente puesto en tela de juicio por una nota al pie del falso “editor” del libro (Elvira Navarro utiliza este tipo de argucia, véase La trabajadora, p. 14). La séptima sería un narrador omnisciente limitado mediante el “modo cámara”, narrando lo que pasa sin entrar apenas en la psique de los personajes, dejando que sus actos y palabras expresen su personalidad; este modelo conductista es utilizado por Esther García Llovet en su cinematográfica y eficaz novela Mamut (Malpaso, 2014), una historia plástica y demoledora que gustará a los amantes de Cormac McCarthy y Bolaño o del cine de Nicholas Winding Refn. La octava sería la construcción mediante narradores diversos, que dan una perspectiva polifónica (si son además protagonistas de la historia) o poliperspectivista a la narración, como hace Nicolás Cabral en Catálogo de formas (2014) o la peruana Claudia Salazar en La sangre de la aurora (Animal de invierno, Lima, 2013), una nouvelle diestra y contundente sobre la terrible violencia en Perú de los años ochenta. Me ha gustado mucho el juego de narradores de esta obra de Salazar, que a veces alterna diversos puntos de vista sobre ciertos hechos, en vez de privilegiar uno, y a veces cuenta tres veces el mismo hecho, con tres protagonistas distintas, para recalcar su abyección. También es hábil el juego de narradores utilizado en La sangre de la aurora para ampliar las perspectivas: varios monólogos alucinados, un relato en segunda persona sobre una campesina, otro en primera persona sobre una revolucionaria, y una crónica en tercera sobre la trama militar, dándonos la impresión de que el poder no merece una mirada humanizada sino el distanciamiento despectivo de la crónica […].”

En definitiva, que «Ajuste de cuentas» me parece un libro de relatos bastante certero. Un libro que probablemente hará pasar un entretenido tiempo de literatura incluso al lector ejercitado, sobre todo porque Chema sabe escribir bien y de manera que interese. Por otra parte, también me parece un libro con aspectos profundamente mejorables. Aspectos básicos cuando se pretende hacer gran literatura.

Si el autor no aspiraba más que a dar forma literaria a una manera parcial —porque cualquier manera sólo puede ser parcial— de ver el mundo, lo ha conseguido. El libro llegará a sus coleguetas y a cuatro más y ya puede morirse diciendo que ha tenido hijos (¿ha tenido hijos Chema?), que ha plantado un pino (o sea, que ha cagado) y que ha escrito un libro. El libro verdaderamente es un libro, es literatura, no una encuadernación de líneas unas sobre las otras. Y Chema es un escritor, no un escribidor. Pero el libro también es un libro que un lector como yo desearía que mirase hacia delante a través de los ojos de su autor. Porque delante hay un largo y fecundo camino por recorrer, si el autor quiere esforzarse por recorrerlo.

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