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Decía Alberto Olmos en una de sus entradas de «Lector Mal-herido Inc.» que “los chicos escriben su primera novela siempre igual y siempre como Henry Miller escribía sus primeras novelas, es decir, como si lo supieran todo y estuvieran de vuelta de todas las grandes mentiras de la vida y de todas las grandes verdades de la literatura”. O sea, como él hizo con «A bordo del naufragio».

Novela que para haber sido escrita con 23 años es buenísima, aunque adolezca de las sombras propias en las obras (buenísimas) de escritores muy jóvenes. Por ejemplo, determinados excesos descriptivos, verosimilitud chirriante a veces, y prematuras conclusiones de fondo sobre el mundo que rodea al protagonista, o lo que es lo mismo, al autor. Por otra parte, también están las bondades típicas del escritor muy joven, como por ejemplo ese maravilloso romanticismo virginal; o ese matiz tan rabioso y tan furioso en la rebeldía del protagonista, que es una llama viva, y que pierden inevitablemente quienes se han hecho mayores, incluso aunque sigan siendo rebeldes. Y es que hay cosas en la vida para las que aparte de voluntad hacen falta determinados millones de hormonas.

Novela original, narrada en 2ª persona y además bien narrada, con una prosa poderosa, atrapante, musical; y al mismo tiempo ligera, llevadera. Alberto Olmos, dentro del contexto de la edad que tenía, construyó un discurso muy profundo, agradablemente romántico, sorprendentemente maduro, muy perspicaz, y lo hizo con la habilidad de quien a pesar de todo no cursilea, no cubre el texto (y al lector) de azúcar.

Un libro que rezuma urbanidad dentro de su antiurbanidad, probablemente muy autoficcional, demasiado rebozado en la derrota incluso para mi gusto, pero del que puede decirse sin embargo que verdaderamente propaga la valentía y la voluntad de movimiento en el lector.

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